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Texto: Jesús Vicente Moreno Moreno
La primera
película de Truffaut que pude ver me pillo a la alarmante edad de
diecinueve años. Era, como no podía ser de otra forma, Los
cuatrocientos golpes. No me cansaría de verla.
Cinco años
después, con muchas otras de por medio, muchos desengaños, tristezas
y frustraciones, días peores seguidos de días pésimos. Rachas
salvajes, atracones de nouvelle vague, de Rohmer, de Godard,
y también de Bertolucci, de Bergman, de Wylder y de Preminger.
Quizás el azar o el momento justo para ver una película con la
justicia, mucha o poca, que me pueden haber dado estos años. Cierto
es, o en ello al menos creo, que determinado cine no se puede ver en
cualquier momento, edad o circunstancia, y si se puede, no se podrá
apreciar en la magnitud que le corresponde.
Con la
distancia que da la experimentación, la experiencia que da aprender
a ver cine, leer sobre cine, y toda esa mierda en la que podemos no
creer, en el placer de saber contemplar algo con un poco más de
profundidad que la que nos da un charco, Jules et Jim es una
película que solo pueden sentir, no entender, los que aman el cine y
los que aman la vida por encima de todas las cosas. Quienes se han
sentido amados, abandonados, odiados, deseados o traicionados.
Quienes no buscan una sucesión cronológica, lógica y estructural de
elementos razonables, contados de una forma amena, con giros, con
incertidumbres y con un desenlace que deje a todos contentos.
Momentos
memorables, como las congelaciones de plano a la sonrisa Jeanne
Moreau, como el inexplicable salto al Sena, como la compañía a
cualquier precio como contraprestación a la soledad, hacen de esta
película una obra hermosa, con un blanco y negro jodidamente
intenso, cálido a veces, desesperante otras.
Moralmente
contradictoria, podemos no ser partícipes de una trama, de un
triangulo amoroso tantas veces cruel, de una amistad tan extraña,
tan lejana, tan poco excusable. Podemos no empatizar lo mas mínimo
con ninguno de los personajes, porque en muchos momentos el sentido
común echa a correr y le perdemos de vista. No importa. Creo que
cuando faltan tantas cosas y algo no deja de gustarte, cuando los
defectos se tornan genialidades, eso debe ser lo que llaman obra
maestra.
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