|




 |
Texto: Bálder Montesinos
¿De qué sirve conquistar el mundo entero si en el camino
uno pierde su alma? ¿De qué le sirve a Denis Dercourt, director de
La última nota firmar un impecable e interesante thriller de
suspense cuando podría haber rematado una obra maestra del drama
psicológico?
Navegando entre dos aguas, la atmósfera serenamente
inquietante de esta película tiene mucho de La pianista de
Haneke, pero, poco a poco, el argumento y el desenlace se van
encarrilando por los cauces del cine comercial de calidad hasta
desembocar en un final que agrada y contenta algo a todos, desde el
más convencional al más esnob. Consenso de gustos y estilos que
sospecho, puede hacer que el "boca a boca" funcione a medio plazo
(si las salas tienen esa paciencia que no suelen tener) y devenga
rentable pese a una discreta promoción.
Como muestra del género, no tiene tacha, y poco importa que
la intriga en sí tampoco sea excesivamente sorpresiva y novedosa,
porque el director saca partido a su profesión de intérprete de
música clásica y va desgranando las imágenes con precisión de
virtuoso, con un perfecto manejo de los tiempos y el pulso
narrativo. El concierto funciona, y la actriz solista Catherine Frot
imparte su magistral lección de técnica interpretativa, destacando
en el dúo sobre la bella e hierática Déborah François, aunque su
papel requiera de esa inexpresividad. Con un repertorio atractivo y
poco conocido de Schubert, Shostakovich y Chopin, amén de una buena
banda sonora original de Jérôme Lemonnier, se comparte y comprende
la fascinación de las protagonistas por ese instrumento
diabólicamente esclavizante que es el piano.
Entonces, ¿qué es lo que deja mal sabor de boca en el
conjunto? Sencillo: Una erección no buscada siempre es una sorpresa
agradable; si además no responde a un estímulo manual ni a la más
mínima escena explícita de erotismo, sino que apela únicamente a la
imaginación morbosa y a esas misteriosas teclas del inconsciente que
mueven la excitación, entonces es un valioso y raro tesoro. Y La
última nota tiene sobre mí al menos un par de estos vívidos
momentos tan difíciles de hallar.
La tensión emocional contenida con la que se describe el
universo claustrofóbico de las dos protagonistas es sensacional. Ese
es mi reproche: que con todos estos mimbres apasionantes y
complejos, que incluyen hasta rencores soterrados de lucha de
clases, se podía haber tejido una cesta memorable. Porque mientras
la película se mantiene fiel a su esencia original y no se traiciona
pensando en contentar, la parte puramente dramática es
magnetizadora. Aparte el hecho de que es una de las que más
verazmente reconstruye lo que son los ensayos y conciertos de unos
músicos; un modo de ganarse la vida con mucho gancho desde fuera que
puede llegar a enloquecer a los que están dentro.
Nunca he podido comprender ese tipo de ocupaciones como las
de opositor, deportista o músico donde el trabajo de meses o años se
puede ir al garete, jugándoselo todo a la carta de cómo se responde
anímicamente a lo largo de una o dos horas. Supongo que la
adrenalina suicida de apostarse su vida a un número les resulta tan
excitante como al dostoyevskiano Alexei Ivanovich de El Jugador.
Con el agravante de que el éxito de un concertista va a depender de
algo tan subjetivo, condicionado y frágil como es la aprobación de
un público un día determinado. Toda una dedicación girando en torno
a ganar en un lapso limitado la estimación de gente que
probablemente no merezca la suya propia. Lo que provoca que los que
viven de estos oficios se debatan siempre, en mayor o menor medida,
en paranoica ansiedad, frágil inseguridad personal y la
previsibilidad obsesiva en sus temas de conversación (sin
generalizar no hay debate posible y por tanto no hay progreso). Aquí
queda perfectamente retratado con pincel fino y sutil. ¿Qué raíz
oculta mueve a estos seres a mortificarse en el reto de conseguir el
visto bueno de los demás? ¿Sentido de culpabilidad? ¿Una falta de
atención experimentada en la infancia? ¿?... La última nota
incita a interrogarse más que dar respuestas.
En todo caso, la misma pregunta se puede hacer con respecto
a los que alguna vez escribimos sobre Cine. Sobre qué especie de
narcisismo o soledad acuciante puede llevarnos a expresar lo que nos
gusta y disgusta de una película como si lo que dijésemos le
importase a alguien, sirviese para algo o tuviese alguna repercusión
en el mundo o la taquilla.
|