música          cine          libros y comics          hemeroteca          contraportada
                                                                  portadas     contenidos anteriores

contenidos anteriores

discos

conciertos

películas

libros

 

 

 

LA ÚLTIMA NOTA
Una película de Denis Dercourt

Interpretada por:
Catherine Frot, Déborah François, Pascal Greggory, Clotilde Mollet, Xavier De Guillebon, Christine Citty...

 

 

 

 

 

 

 

 

Texto: Bálder Montesinos

 

¿De qué sirve conquistar el mundo entero si en el camino uno pierde su alma? ¿De qué le sirve a Denis Dercourt, director de La última nota firmar un impecable e interesante thriller de suspense cuando podría haber rematado una obra maestra del drama psicológico?

 

Navegando entre dos aguas, la atmósfera serenamente inquietante de esta película tiene mucho de La pianista de Haneke, pero, poco a poco, el argumento y el desenlace se van encarrilando por los cauces del cine comercial de calidad hasta desembocar en un final que agrada y contenta algo a todos, desde el más convencional al más esnob. Consenso de gustos y estilos que sospecho, puede hacer que el "boca a boca" funcione a medio plazo (si las salas tienen esa paciencia que no suelen tener) y devenga rentable pese a una discreta promoción.

 

Como muestra del género, no tiene tacha, y poco importa que la intriga en sí tampoco sea excesivamente sorpresiva y novedosa, porque el director saca partido a su profesión de intérprete de música clásica y va desgranando las imágenes con precisión de virtuoso, con un perfecto manejo de los tiempos y el pulso narrativo. El concierto funciona, y la actriz solista Catherine Frot imparte su magistral lección de técnica interpretativa, destacando en el dúo sobre la bella e hierática Déborah François, aunque su papel requiera de esa inexpresividad. Con un repertorio atractivo y poco conocido de Schubert, Shostakovich y Chopin, amén de una buena banda sonora original de Jérôme Lemonnier, se comparte y comprende la fascinación de las protagonistas por ese instrumento diabólicamente esclavizante que es el piano.

 

Entonces, ¿qué es lo que deja mal sabor de boca en el conjunto? Sencillo: Una erección no buscada siempre es una sorpresa agradable; si además no responde a un estímulo manual ni a la más mínima escena explícita de erotismo, sino que apela únicamente a la imaginación morbosa y a esas misteriosas teclas del inconsciente que mueven la excitación, entonces es un valioso y raro tesoro. Y La última nota tiene sobre mí al menos un par de estos vívidos momentos tan difíciles de hallar.

 

La tensión emocional contenida con la que se describe el universo claustrofóbico de las dos protagonistas es sensacional. Ese es mi reproche: que con todos estos mimbres apasionantes y complejos, que incluyen hasta rencores soterrados de lucha de clases, se podía haber tejido una cesta memorable. Porque mientras la película se mantiene fiel a su esencia original y no se traiciona pensando en contentar, la parte puramente dramática es magnetizadora. Aparte el hecho de que es una de las que más verazmente reconstruye lo que son los ensayos y conciertos de unos músicos; un modo de ganarse la vida con mucho gancho desde fuera que puede llegar a enloquecer a los que están dentro.

 

Nunca he podido comprender ese tipo de ocupaciones como las de opositor, deportista o músico donde el trabajo de meses o años se puede ir al garete, jugándoselo todo a la carta de cómo se responde anímicamente a lo largo de una o dos horas. Supongo que la adrenalina suicida de apostarse su vida a un número les resulta tan excitante como al dostoyevskiano Alexei Ivanovich de El Jugador. Con el agravante de que el éxito de un concertista va a depender de algo tan subjetivo, condicionado y frágil como es la aprobación de un público un día determinado. Toda una dedicación girando en torno a ganar en un lapso limitado la estimación de gente que probablemente no merezca la suya propia. Lo que provoca que los que viven de estos oficios se debatan siempre, en mayor o menor medida, en paranoica ansiedad, frágil inseguridad personal y la previsibilidad obsesiva en sus temas de conversación (sin generalizar no hay debate posible y por tanto no hay progreso). Aquí queda perfectamente retratado con pincel fino y sutil. ¿Qué raíz oculta mueve a estos seres a mortificarse en el reto de conseguir el visto bueno de los demás? ¿Sentido de culpabilidad? ¿Una falta de atención experimentada en la infancia? ¿?... La última nota incita a interrogarse más que dar respuestas.

 

En todo caso, la misma pregunta se puede hacer con respecto a los que alguna vez escribimos sobre Cine. Sobre qué especie de narcisismo o soledad acuciante puede llevarnos a expresar lo que nos gusta y disgusta de una película como si lo que dijésemos le importase a alguien, sirviese para algo o tuviese alguna repercusión en el mundo o la taquilla.

 

 

Derechos Reservados Octubre 2005 © www.plataforma21.com e-mail: contacto@plataforma21.com