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LAST DAYS
Una película de Gus Van Sant

Interpretada por:
Michael Pitt, Lukas Haas, Asia Argento, Scott Green, Nicole Vicious, Rick Jay, Harmony Korine y Kim Gordon.

 

 

 

 

 

Texto: Bálder Montesinos

 

Lo natural, si lo que se pretendía era indagar en la soledad que llevó al suicidio a Kurt Cobain, sería haber prestado atención a los caminos (fama, dinero, relaciones…) que pudieron conducirle a ello. En lugar de esto, Last days se centra casi exclusivamente en rodar los efectos físicos de un inacabable "chute-resaca-chute-resaca", a veces con complacencia y admiración (!) mal disimuladas. Y sí, al final el resultado es tan monótono, aburrido, hueco y predecible como podría esperarse. Es desalentador ver en el pase de prensa al menos dos personas dando auténticas cabezadas en las butacas más próximas.

 

A fuerza de sufrir películas, uno llega a conclusiones. Los creadores sin talento del cine actual (o sea, la aplastante mayoría) tienen, por lo que se ve, cuatro modos distintos de manipular -y maltratar- las imágenes (y al público). El primero se podría llamar el "Modo Ken Russell". Consistiría en bombardear el cerebro con un montaje triturador donde quepa el mayor número de imágenes barrocas por minuto, al más puro estilo video-clip. Con semejante aturdimiento, las personas adrenalínicas disfrutan, sin saber bien por qué. Domina el cine "juvenil", musical, de peleas, y a directores pasados de vanguardia. Otro sería el "Modo Spielberg", que se basa en confundir la pantalla de cine con una montaña rusa de parque de atracciones. Entre travellings de acercamiento y alejamiento, a uno por lo menos le queda la sensación de haberse movido mucho en vez de haber estado cien minutos calentando una butaca (no apto para proclives al mareo). Típico del cine de espectáculo, acaba lastrando hasta películas de humor, quitándole toda frescura, toda gracia que pudiera tener, por ejemplo, el cine de Fesser (P. Tinto, Mortadelo...). El "Modo Dogma" es la manera de empañar buenas historias casi siempre, con pretensión de hacerlas más "reales". Esto se conseguiría al parecer meneando una cámara digital como si el que la sostiene fuera enfermo de Parkinson pasado de cafeína (más mareo). El cuarto método es al que se adscribe Last Days y en esto es novedoso, pues a su temática parecería corresponderle por inercia el "Ken Russell". Se podría llamar "Modo Kiarostami" y sería poner a prueba la santa paciencia del espectador paralizando una cámara estática por minutos sin que suceda absolutamente nada ni avance el guión. La diferencia con las tomas largas del cine clásico es que en éstas la "parada" tiene un sentido y el desarrollo de la historia no se detiene. Aquí, el estancamiento llega a oler bastante mal.

 

No entro en valoraciones estéticas sobre la revolución "Grunge" que acabó imponiendo unas tonalidades oscuras y distorsiones de amplificador que a día de hoy siguen tiranizando la mayor parte del rock que se hace (como salchichas). Sobre gustos no debería haber nada escrito -y yo debería estar callado ahora mismo-. Pero sí comparto con el director la visión "carca" de que su parafernalia e idiosincrasia social acaban produciendo, más que nada, jóvenes perdidos, de hombros y pantalones caídos, haciendo religión sin fe del regodeo en hueco hastío. Drogadicción kamikaze sin una huída concreta ni explicable. Pero a este Van Sant se le nota por otro lado su pasión musical (y la intención de evitar el desastre en taquilla contentando a los fan), y contribuye con descaro a seguir alimentando la leyenda de Cobain. Crear un culto personal sobre alguien que, al margen de sus valores artísticos, no tenía el más mínimo control sobre su vida, parece una majadería. Si pensamos además en el nivel intelecto-cultural de muchos chavales que pueden ver esta película obedeciendo a "Rolling Stone" y cómo pueden encajar ese mito, entonces es una completa irresponsabilidad. Porque yo no monté orgías con él, ni compartí caladitas, pero dudo que el tipo fuese tan sumamente idiota como le pinta este guión. Es imposible llegar a tanto.

 

Desde esa otra línea tiránica, que casi monopoliza la corriente publicitaria en los medios, se nos vocifera constantemente animándonos a unirnos a una pretendida "revolución": ser jóvenes y desenfadados en el mundo de los adultos (cosa que al final nadie toma en serio, aunque el producto lo acaben comprando). Pero nadie repara en esa otra revolución que es ser adulto en el mundo de los jóvenes. Aportar rebelde sensatez en humanos en ese momento difícil en el que, sin embargo, aún mantienen muchas de sus potencialidades sin pudrirse. Y no esgrimir como modelo una empanada mental estéril que, falsificando objeto y naturaleza de la rebelión posible, acabe convirtiéndoles a la larga en dóciles corderitos lobotomizados. ¿Cuántos fans de Nirvana en los 90 son ahora respetables agentes de seguros? La música, vale, pero Cobain, como gurú, no resiste ni tres segundos la "prueba del algodón" del "¿qué narices me estás contando?" La película tampoco.

 

 

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