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Texto:
Bálder Montesinos
Lo natural, si lo que se pretendía era indagar en la
soledad que llevó al suicidio a Kurt Cobain, sería haber prestado
atención a los caminos (fama, dinero, relaciones…) que pudieron
conducirle a ello. En lugar de esto, Last days se centra casi
exclusivamente en rodar los efectos físicos de un inacabable
"chute-resaca-chute-resaca", a veces con complacencia y admiración
(!) mal disimuladas. Y sí, al final el resultado es tan monótono,
aburrido, hueco y predecible como podría esperarse. Es desalentador
ver en el pase de prensa al menos dos personas dando auténticas
cabezadas en las butacas más próximas.
A fuerza de sufrir películas, uno llega a conclusiones. Los
creadores sin talento del cine actual (o sea, la aplastante mayoría)
tienen, por lo que se ve, cuatro modos distintos de manipular -y
maltratar- las imágenes (y al público). El primero se podría llamar
el "Modo Ken Russell". Consistiría en bombardear el cerebro con un
montaje triturador donde quepa el mayor número de imágenes barrocas
por minuto, al más puro estilo video-clip. Con semejante
aturdimiento, las personas adrenalínicas disfrutan, sin saber bien
por qué. Domina el cine "juvenil", musical, de peleas, y a
directores pasados de vanguardia. Otro sería el "Modo Spielberg",
que se basa en confundir la pantalla de cine con una montaña rusa de
parque de atracciones. Entre travellings de acercamiento y
alejamiento, a uno por lo menos le queda la sensación de haberse
movido mucho en vez de haber estado cien minutos calentando una
butaca (no apto para proclives al mareo). Típico del cine de
espectáculo, acaba lastrando hasta películas de humor, quitándole
toda frescura, toda gracia que pudiera tener, por ejemplo, el cine
de Fesser (P. Tinto, Mortadelo...). El "Modo Dogma" es la manera de
empañar buenas historias casi siempre, con pretensión de hacerlas
más "reales". Esto se conseguiría al parecer meneando una cámara
digital como si el que la sostiene fuera enfermo de Parkinson pasado
de cafeína (más mareo). El cuarto método es al que se adscribe
Last Days y en esto es novedoso, pues a su temática parecería
corresponderle por inercia el "Ken Russell". Se podría llamar "Modo
Kiarostami" y sería poner a prueba la santa paciencia del espectador
paralizando una cámara estática por minutos sin que suceda
absolutamente nada ni avance el guión. La diferencia con las tomas
largas del cine clásico es que en éstas la "parada" tiene un sentido
y el desarrollo de la historia no se detiene. Aquí, el estancamiento
llega a oler bastante mal.
No entro en valoraciones estéticas sobre la revolución "Grunge"
que acabó imponiendo unas tonalidades oscuras y distorsiones de
amplificador que a día de hoy siguen tiranizando la mayor parte del
rock que se hace (como salchichas). Sobre gustos no debería haber
nada escrito -y yo debería estar callado ahora mismo-. Pero sí
comparto con el director la visión "carca" de que su parafernalia e
idiosincrasia social acaban produciendo, más que nada, jóvenes
perdidos, de hombros y pantalones caídos, haciendo religión sin fe
del regodeo en hueco hastío. Drogadicción kamikaze sin una huída
concreta ni explicable. Pero a este Van Sant se le nota por otro
lado su pasión musical (y la intención de evitar el desastre en
taquilla contentando a los fan), y contribuye con descaro a seguir
alimentando la leyenda de Cobain. Crear un culto personal sobre
alguien que, al margen de sus valores artísticos, no tenía el más
mínimo control sobre su vida, parece una majadería. Si pensamos
además en el nivel intelecto-cultural de muchos chavales que pueden
ver esta película obedeciendo a "Rolling Stone" y cómo pueden
encajar ese mito, entonces es una completa irresponsabilidad. Porque
yo no monté orgías con él, ni compartí caladitas, pero dudo que el
tipo fuese tan sumamente idiota como le pinta este guión. Es
imposible llegar a tanto.
Desde esa otra línea tiránica, que casi monopoliza la
corriente publicitaria en los medios, se nos vocifera constantemente
animándonos a unirnos a una pretendida "revolución": ser jóvenes y
desenfadados en el mundo de los adultos (cosa que al final nadie
toma en serio, aunque el producto lo acaben comprando). Pero nadie
repara en esa otra revolución que es ser adulto en el mundo de los
jóvenes. Aportar rebelde sensatez en humanos en ese momento difícil
en el que, sin embargo, aún mantienen muchas de sus potencialidades
sin pudrirse. Y no esgrimir como modelo una empanada mental estéril
que, falsificando objeto y naturaleza de la rebelión posible, acabe
convirtiéndoles a la larga en dóciles corderitos lobotomizados.
¿Cuántos fans de Nirvana en los 90 son ahora respetables agentes de
seguros? La música, vale, pero Cobain, como gurú, no resiste ni tres
segundos la "prueba del algodón" del "¿qué narices me estás
contando?" La película tampoco.
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