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LOS TESTIGOS
Una película de
André Téchiné
Interpretada por:
Michel Blanc, Emmanuelle Beart, Sami Bouajila, Julie Depardieu, Johan Libéreau, Constance Dollé…

 

 

 

 

 

Texto: Bálder Montesinos

 

Los testigos es un pequeño culebrón en la acepción más positiva de la palabra. Culebrones eran al fin y al cabo La Ilíada, Guerra y Paz, Los miserables, El Padrino, o Yo Claudio. Defino aquí “culebrón” como ese tipo de obras donde lo fundamental es el enganche que producen los personajes per se y ad infinitum (perdón por los latinajos pero venían al pelo). Enganche por encima de lo que se nos quiere contar en un principio, que no es al final sino una excusa relegada a lo anecdótico. En estas piezas se presentan desde una óptica coral unos tipos interesantes que van intercambiando relaciones entre ellos, todos con todos, al más puro estilo de aquel jueguecito de bolsillo Geyper, el “Love love” que apurando todas las combinaciones posibles de parejas de boda entre varias caras variopintas hacía furor entre las niñas de mi edad. Llega un momento en que nos creamos la adición de saber más y más de estos sujetos, de vivir sus vidas en vez de la nuestra y ser testigos de todos esos encuentros y desencuentros, auténticos y embriagadores cócteles humanos. Nos pueden hacer tras cada una de estas obras una inacabable serie televisiva que las continúe y nunca nos fatigaríamos con ellos, como sucede a otro nivel con Cuéntame como pasó, donde pese a las costuras visibles de los guiones, su predecibilidad y su tufillo a “Educación para la ciudadanía” cuesta acostarse sin saber si Antoñito le pondrá hoy los cuernos a Mercedes. Sucede que son ya como los vecinos de al lado, y nadie se resiste a pegar el oído en el tabique a cotillear aunque ello no nos vaya a aportar un gran placer ni una visión más útil de la vida.

 

Ocurre también que no solemos ver rodeados nuestros días de demasiadas personas interesantes. Y en este caso, estos dramas y comedias de la burguesía progre francesa pueden resultar seductores. Es atrayente escuchar conversaciones con miga entre seres con historias dignas de contarse; elegantes parisinos que follan y hacen el amor con profusión y variedad, que entienden de cocina y vinos buenos tanto como de Heidegger, que debaten sobre pintores renacentistas en varios idiomas y que pese a llevar a sus hijos a colegios privados en el BMW se creen la salvación liberal-libertaria del mundo frente a la barbarie estadounidense. ¡Y todo ello mientras dan paseos o almuerzan por los aledaños de Les Halles! ¿Quién va a negarse a dejarse acompañar por estos nuevos “amigos” virtuales cuando los reales aburren con sus riñas laborales engullendo pizza en La Vaguada? El glamour es el glamour. París lo tiene y una ciudad como Madrid es una burda imitación sin gracia en su arquitectura decimonónica y en los intentos risibles de ciertos “faraones” megalómanos de hacer del Manzanares un Sena paseable. ¿Quién deseará ya a la novia teleoperadora de Moratalaz cuando las hembras de estas películas son bellas novelistas con mansión en la Provenza que se entregan salvajemente tras plasmar por escrito sus pasiones sensuales?

 

La propia progresía española, que se gusta ver en el espejo distorsionador de estos filmes, no quiere darse cuenta de que, pese a una factura más inteligente en general que la de Hollywood, el cine francés y español con ambición comercial de los 2000 es ridículamente pijo y pijotero, más aún que el yanqui. Mi único “pero” a esta obra, que vaticino que no será comercial aunque se prestaría bien a ello.

 

La excusa argumental para presentarnos los personajes y atraparnos es el SIDA. La acción de Los testigos se traslada a 1984, cuando era aún una desconocida epidemia rápidamente mortífera que sembraba el pánico… y la repulsa hipocritona de los que se creían a salvo. En este caso el pretexto funciona bien, porque el drama es real y nos puede pasar a cualquiera, con más probabilidad a los conspicuos. Hoy día la pandemia se ha convertido en el rico Occidente en una molesta enfermedad crónica a la que nunca se encontrará remedio definitivo porque las grandes farmacéuticas mueven miles de millones con los pequeños “parches” y alivios que fabrican. Y porque en el tercer mundo es un interesante regulador de la natalidad que evite a medio plazo que las pateras cargadas de agonizantes “contaminen” en exceso nuestras preciosas playas de bandera azul y chiringuitos.

 

La sombra amenazante del SIDA sobre algún protagonista es el desencadenante que transformará en Amor la pasión sexual y les hará profundizar en sí mismos y en su forma de comunicarse. Un añadido más al placer de que nos narren buenas historias: incitar a inteligente intensidad en conversaciones y emociones.

 

Con todo esto estoy intentando decir que he pasado 120 minutos muy gratos… y que me encantan los culebrones. Al menos los buenos. Éste no es nada malo.

 

 

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