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LUZ SILENCIOSA
Una película de Carlos Reygadas

Interpretada por:
Cornelio Wall, Miriam Toews y Maria Pankratz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Texto: Bálder Montesinos

 

Curioso cine mexicano: subtitulado y poblado de tipos nórdicos vestidos a lo “Casa de la Pradera”. Explicación sencilla: el director ambienta la trama en la comunidad religiosa menonita de Chihuahua; primos hermanos de los “cinematográficos” amish, pero algo menos cerrados a la tecnología del siglo.

 

Aunque pueda sorprender, el marco elegido es lo de menos. Completamente secundario y eclipsado frente la confrontación librada en un corazón humano ante una de las grandes encrucijadas: elegir entre el Amor o la Paz, entre la fidelidad a uno mismo o el respeto a los demás.

 

Nadando a mitad de camino entre la absoluta obra maestra de inefable belleza y el pestiño insoportable, Luz silenciosa acaba ahogándose precisamente en su indefinida “tierra de nadie”. Deja un regusto que no es exactamente de claroscuros, ni agridulce en su conjunto, sino de conmovedora poesía ajada a cada momento por su alargamiento excesivo. Doblemente dolorosa conclusión para un filme que no está exento de vibrante y honesta religiosidad, en el buen sentido de la palabra -si es que a estas alturas de la Historia aún queda algo positivo tras el concepto-. Lo que se cuenta es tan sobrecogedor como nada original; tan inquietante como aburrido en la forma de contarse.

 

La Proporción es un asunto crucial en Arte. La sensación inmediata e instintiva de armonía y gusto sobre un aplastante número de personas obedece a sorprendentes reglas numéricas contrastables (proporción aúrea, número phi, espiral de Fibonacci, pentáculo, canon de Fidias…) Estas reglas cifradas coinciden casi siempre con ritmos de la naturaleza y de la expansión del Universo. Mas cualquier lego en Matemáticas o en técnicas de Arte puede acceder instantáneamente a esos secretos sólo utilizando su intuición (“esto está mejor aquí que acá, no sé por qué pero es así”). Por supuesto que entra en juego la subjetividad de cada cuál, pero una confrontación directa con estas normas produce desagrado inmediato en los seres que no han sido aún demasiado contaminados por la distorsión educativa de su entorno (esos incómodos renacuajos que llaman “niños”).

 

Si en artes plásticas la Proporción se traduce en la utilización de cánones, también repercute en música mediante leyes numéricas de armonía o el tempo de ejecución. Este tempo aplicado a unas mismas notas escritas por Beethoven puede distar el abismo que separa la vacuidad idiota de Karajan de la honda emoción de Bohm. En Poesía, la Proporción se llama musicalidad (no necesariamente consonante); en Novela ritmo narrativo; y así también se denomina en Cine (también “tempo”). Esto último puede ser la puerta que nos introduzca de pleno en la obra de Arte o la que nos saque de ella a patadas, abrumándonos con una rapidez o una lentitud que empujen a la imaginación a retornar a asuntos propios ante el agobio causado. El ritmo cinematográfico atiende también a cánones matemáticos aún no escritos ni medidos con exactitud. Palio en parte esta laguna ahora mismo con una aproximación rápida y subjetiva (pero no muy descarrilada) al secreto del “enganche” en el tiempo de montaje, basada en mediciones propias:

 

1)     Una toma estática de un objeto o en la que no haya más que uno o dos puntos de referencia (ejemplo: una mano en primer plano que tapa el sol) no debería jamás durar más de 4’5 segundos.

2)     Una toma larga donde haya movimiento de acercamiento o alejamiento o muchos puntos de atención (ejemplo: vemos las carreteras que ve el conductor a través de su ventanilla) no debería alargarse más de 9 segundos sin intercalar al menos “descansos” con otras tomas -en ningún caso superiores a 6 segundos-.

3)     Si van a sucederse tres tomas largas seguidas hay que intercalar por fuerza “descansos” de no menos de 3 segundos y no más de 9.

4)     Si se va a hacer una toma estática de un actor, interpretando por ejemplo un llanto; por muy conseguido que quede, no debería superar los 13 segundos si lo que se busca no es que la escena pierda fuerza y/o caiga en la caricatura.

 

Si en Luz silenciosa Carlos Reygadas hubiese respetado estos consejos o prestado oído a su intuición en vez de una pedante ausencia de empatía con el espectador, a estas alturas yo estaría proclamando y alabando una de las películas más bellas que he visto. Y sigue siéndolo, empero. Va a sonar a vandalismo cateto, pero esta pieza, pasada por el tamiz de un editor de vídeo, cribando de cada una de sus tomas la tonelada de segundos que le sobra… es simplemente preciosa. Sin hacerlo -ahora mismo- lo que quedan son impactantes momentos de lirismo asfixiados entre metros y metros monótonos de cinta. Vencerá entre el jurado de Cannes pero nunca convencerá fuera de círculos esnob.

 

Luz silenciosa adolece del total peso e influencia -sonrojante por ostentosa- del Dreyer de Ordet (La palabra). Y como la  pieza referencial, incurre en repetir mismas grandes virtudes y defectos: de un lado, sincero y profundo aliento espiritual; del otro, insufrible pesadez rayando en falta de respeto hacia el público. Una cosa no tiene por qué ir acompañada de la otra. Para desmentirlo están El río de Renoir, Camino a casa de Yimou, Primavera, Verano, Otoño (…) de Ki Duk o el Decálogo de Kieslowski. El arte del cine es el de caminar y recrearse, sin caerse, por la cuerda floja fronteriza entre la gozosa lentitud y el odioso tedio.

 

Paradójicamente, por encima de todos sus silencios, el mayor brillo dentro de los cinco o seis momentos casi mágicos que atesora (como digo una “co”, digo la “o”) radica en los escasos diálogos: rotundos, tremendos, limpios, sólidos, sinceros… Precisamente la parca economía con que aparecen en el metraje forja esa su semejanza con la encina solitaria en medio del páramo, el par de cisnes en el lago vacío, o los tres cipreses toscanos flotando en mar de hierba.

 

 

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