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Texto: Bálder Montesinos
El Kurdistán es un país de sobrecogedora belleza donde las
aldeas brotan de la roca. Tierra partida por cuatro potencias
invasoras más una ocupadora donde si un paisano quiere viajar desde
su pueblo a su aldea natal se expone a ser ametrallado y a corruptos
controles policiales en cinco idiomas distintos al suyo. En este
indómito paisaje surge la trama de esta "Road movie" única y
difícilmente encasillable: un anciano cantante del norte de Irán
reúne a sus numerosos hijos músicos para dar un concierto al otro
lado de la frontera, en el Kurdistán iraquí. Cual nuevo Ulises, Mamo
desoirá todo tipo de augurios y sugerencias para embarcarse en una
arriesgada odisea plagada de peripecias donde la imagen de la muerte
no dejará de acompañarle.
1º) El kurdo es un espécimen deliciosamente cinematográfico
que gesticula como un napolitano, habla a voces como un extremeño,
se besa como un árabe, mira intenso como un bengalí (aunque con ojos
más pequeños), ama la música como un checo, llora y ríe con la
facilidad de un bebé, y aprovecha para cantar siempre... como un kurdo.
2º) El actor no profesional kurdo es un tesoro de la
Humanidad no reconocido por la UNESCO (aún), cuya entrega,
entusiasmo y capacidad tragicómica son un ejemplo refrescante para
el común de los mortales. Y el hecho de que probablemente nunca más
podamos ver a estos mismos artistas tras una pantalla, una pérdida
irreparable para el acervo mundial.
3º) La mujer kurda es un adorable ser que combina fortaleza
y agilidad con una finura de rasgos insospechada y magnética.
Alguien nacido para entonar esas melodías con hipnóticos tonos
nasales que antaño se transmitían de madres a hijas al calor de una
lumbre. En el actual Kurdistán iraní el que una hembra cante en
público o delante de hombres está penado con prisión por el gobierno
de Teherán. De ahí que la imagen de la preciosa cantante Hesho
enterrada en vida o la aldea de las 1.334 cantantes exiliadas sean
lo más impresionante de una película cargada de impactos visuales de
tremenda garra.
4º) Bahman Ghobadi es el mayor valor que tiene hoy día el
cine realizado en Irán. En las antípodas de su insufrible maestro
Kiarostami, Ghobadi ni es pesado ni aburre jamás. Aquí tuvo bastante
éxito incluso de taquilla con su anterior Las tortugas también
vuelan. Como su propia nación kurda, subsiste en tierra de
nadie, allí donde se cruzan los caminos de la tragedia, la comedia
de costumbres, la denuncia, el simbolismo metafórico, el documental
neorrealista, el cuento oriental, el surrealismo onírico, el
exotismo de la era digital y un maravilloso sentido del humor que
empapa de carcajadas las historias más terribles. En esa
indefinición es donde reside, como en su pueblo, toda su enorme
fuerza y su unicidad.
Otro de sus valores o su mayor defecto, según se mire, es
la capacidad de improvisación. Media Luna no tiene un guión
fijo y se nota. La película surge de la supervivencia astuta tan
consustancial a estas gentes: en 2006 para conmemorar el "año Mozart"
se convocaron unas subvenciones para películas con temática
mozartiana hechas en países no europeos. Ni que decir tiene el gran
músico está metido con calzador en la historia y que en realidad no
aparece. Una excusa tan buena como cualquier otra para poder
comenzar un rodaje donde no es nada fácil. Eso sí, en pleno acto de
pillería, cuando el director aún insiste en chorradas como que el
paisaje kurdo es mozartiano o que el espíritu del sobrehumano
"Réquiem" impregna toda la película, tengo que darle al final la
razón en este último punto, aunque sea de pura casualidad.
El argumento y las anécdotas se van creando con prisa
conforme se llega a los lugares de filmación y se renuncia a
filmarlas cuando el presupuesto no da para más. Por ejemplo: suceden
cosas importantes que uno no ve sino que son narradas, hay alguna
incongruencia chapucera entre lo que dicen en una toma que van a
hacer los personajes y lo que están haciendo en la siguiente. No
seré yo quien saque punta a esas minucias cuando rodar algo con una
carga tan subversiva en un país totalitario como Irán, en una región
aún peligrosa, con pocos medios y menos facilidades me parece un
alarde de talento, una proeza, otra más de Ghobadi. Por estas
pequeñas deficiencias, Media Luna es quizá un filme menos
redondo que Las tortugas también vuelan pero en él laten
idéntica vitalidad, humanidad, indignación contenida y ternura.
Rebelde aliento de libertad del oprimido aun en su imposible
victoria. No da la sensación de haber asistido a una película
magistral, sino de haber vivido momentos indelebles donde el cine
cobra sentido con una verdad de energía superior a la vida. |