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MI MEJOR AMIGO
Una película de Patrice Leconte

Interpretada por:
Daniel Auteuil, Dany Boon, Julie Gayet, Julie Durand, Jacques Mathou, Marie Pillet, Elizabeth Bourgine, Henri Garçin, Jacques Spiesser

 

 

 

 

Texto: Ángel Morán Paredes

 

Tras el éxito de público obtenido el pasado mes de septiembre en el Festival Internacional de Cine de Toronto, llega a las pantallas españolas el último trabajo del  director francés Patrice Leconte, una comedia ácida sobre el valor de los verdaderos amigos y la soledad del ciudadano actual. Lamentablemente todo queda en eso, en una propuesta interesante y original que se desvanece por culpa de un guión mal desarrollado, en ocasiones aburrido, a la vez que adornado con unos cuantos gags que pueden hacer reír al espectador, pero difícilmente harán que éste reflexione sobre la sinceridad de sus seres queridos. Y lo peor de todo, el esfuerzo por hacer cómicas ciertas secuencias hace que éstas resulten inverosímiles, cuando la historia pretende ser un retrato social sobre la dicotomía establecida entre amistad y soledad en la que se mueve la sociedad contemporánea.

 

La película nos narra las circunstancias a las que se enfrenta François Coste (Daniel Auteuil), un acaudalado anticuario parisino y marchante de arte, que lo tiene todo, o así lo cree él. Su apacible vida se verá alterada cuando, durante la cena de celebración de su cumpleaños, su socia Catherine (Julie Gayet) le haga ver que no tiene ningún verdadero amigo; el resto de invitados opina lo mismo, pues François conoce a mucha gente por su oficio, pero no tiene ningún verdadero amigo. Catherine le propone un reto consistente en que consiga presentarle a un “mejor amigo” en el plazo de 10 días; si no lo consigue, ella se quedará con el objeto más valioso de su colección, una vasija griega de reciente adquisición. François emprenderá un delirante recorrido hasta encontrar a ese amigo, y en su desesperado periplo tropieza con Bruno Bouley (Dany Boon), un jovial taxista con un don especial para congeniar y agradar a la gente, pero que realmente tampoco tiene a nadie. El destino les unirá, y Bruno será el salvador de François, al que ayudará a ser más amable. Pero desafortunadamente la sinceridad entre los verdaderos amigos será la lección que no consiga aprender el marchante.

 

Hasta aquí podríamos tener el germen de una gran (o por lo menos interesante) película. Pero la historia no hará más que divagar sin rumbo hacia una serie de secuencias innecesarias, como la participación de Bruno en un archiconocido concurso televisivo, en el que pone a prueba la verdadera amistad de François. Son los actores los que consiguen salvar, en cierto modo, la película; sobre todo Daniel Auteuil, uno de los actores franceses de mayor relevancia del momento, que demuestra estar bien capacitado para la comedia y cuya interpretación, un tanto sobreactuada en ocasiones, consigue imprimir ese toque grotesco y fantochesco que requiere su personaje. Es destacable la secuencia en la que François (Auteuil) se acerca a unos desconocidos en un bar para preguntarles si son amigos y cómo han conseguido entablar dicha amistad.

 

Lo que Leconte ha hecho es recurrir a una fórmula de éxito en el cine cómico francés, y que consiste en confrontar a dos personajes totalmente opuestos, haciendo que sus vidas se crucen inesperadamente y que tengan que vencer las vicisitudes apoyándose irremediablemente el uno en el otro. Así lo hizo Francis Veber con su magistral La cena de los idiotas (1998), cuyo disparatado humor acaba resultando mucho más verosímil que la propuesta de Leconte. Y es que el ya consolidado autor de películas como La chica del puente (1998), La viuda de Saint-Pierre (1999) o El marido de la peluquera (1990) muestra sus mayores virtudes cinematográficas cuando afronta el drama, pero no sucede así con sus comedias, que suelen pasar bastante desapercibidas. Quizá no sea una buena época para este género, ya que otros grandes directores del momento, como Lars Von Trier, han sufrido la incomprensión de la crítica y el público al intentar salir de la rutina y abordar géneros que les son ajenos, y es que la genialidad de estos autores jamás podrá alcanzar la brillantez del gran maestro por excelencia de la comedia, el señor Billy Wilder.

 

 

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