|





 |
Texto: Indalecio Machuca
Después de cumplir con las exigencias de su público más
spielbergiano, si se me permite el vocablo, y arrasar en taquilla
nuevamente con La Guerra de los Mundos, el director estrella
de nuestro tiempo, destinado desde hace más de treinta años a ocupar
un asiento en el olimpo de los dioses de la cinematografía, regresa
desde su lado más intelectual para volver a manifestar sus
indiscutibles cualidades divinas a través de su última obra,
Munich.
En nuestros días, cualquier otra ciudad del mundo podría
haber dado el título a una película que trata sobre una epidemia más
temerosa que la gripe aviar, una terrible enfermedad para la que no
existen vacunas pero sí una simple solución, que germina en un lugar
determinado y su virus mortal muta y se extiende a otros lugares del
mundo sesgando así la vida de cientos de personas, desafortunadas
almas transeúntes de cualquier avenida o centro comercial, que
esperan su autobús en una parada, su tren en una estación
ferroviaria o su avión en un aeropuerto, víctimas inocentes de la
peste negra del siglo veintiuno: el terrorismo.
Spielberg podría haber elegido otro lugar u otras
circunstancias, pero es en la ciudad alemana de Munich y en el marco
de las olimpiadas de 1972 donde encuentra el punto de partida
perfecto para narrar una historia que, sin embargo, comenzó mucho
tiempo atrás y aún no ha terminado. En aquellos Juegos Olímpicos de
1972 un grupo terrorista palestino llamado "Septiembre Negro"
secuestró y asesinó a 11 atletas, miembros del equipo nacional
israelí, lo que originó una gran conmoción en todo el mundo y la
propaganda que los terroristas buscaban en su lucha por la causa
palestina. Poco tiempo después y como respuesta a este terrible
suceso, un comando judío del servicio de inteligencia israelí fue
destinado a buscar y ejecutar a los responsables del atentado en un
cruento episodio de venganza que se prolongó durante varios años.
Como tenía que ser, la posición que Spielberg adopta en
relación a los hechos narrados en la película es clara e imparcial.
Se sitúa de nuestro lado como espectador del antiguo y terrible
juego que ancla al hombre a la etapa más primaria de su evolución,
en la que como niños resuelven sus problemas sin una mínima
capacidad de cordura y razonamiento, donde la violencia se convierte
en la única vía posible de comunicación y el odio y la venganza se
multiplican tras una nueva toma de contacto.
Encabeza el reparto de la película el actor australiano
Eric Bana, a quien ya vimos en Hulk y Troya, y que
parece ser el resultado de una fusión genética entre dos actores
ochenteros, Richard Gere y Michael Nouri, protagonista de
Flashdance. Bana interpreta en Munich al agente que
lidera el comando judío destinado a vengar el asesinato de sus
compatriotas, un personaje con manos de carnicero y corazón tierno,
en conflicto interior consigo mismo, que el actor encarna con
carácter y sensibilidad, consiguiendo así su mejor interpretación
hasta la fecha.
Spielberg no sólo es un experto en la realización de
películas de acción, sino que además las dota de una atmósfera
profunda que termina por sumergir y precipitar al espectador en una
vorágine de sentimientos que lo transportan desde el miedo, la
angustia o el desconcierto hasta la fascinación. Ayudado por una
meticulosa y espléndida ambientación y por un excelente trabajo de
fotografía a cargo del polaco Janusz Kaminski, que decolora y
endurece el entorno y brinda al filme de un realismo puro y
dramático,
Spielberg consigue recrear magistralmente la época de los primeros
años setenta. Una vez más, se sirve de la música de
su fiel amigo y colaborador John Williams, para subrayar en esta
ocasión sólo algunas escenas en que ésta le roba al silencio su casi
omnipresencia, un inquietante silencio que acompaña a los oscuros
diálogos de los personajes y al sonido del terror: los gritos, los
disparos y las bombas.
Hay que decir que nuevamente Spielberg recurre al legado
que otro gran director de cine, Alfred Hithcock, nos dejó como
ejemplo de maestría y fuente de ilustración para nuevos cineastas y
de la que Spielberg ha bebido en abundantes ocasiones. De esta
manera, en Munich volvemos a advertir la oronda silueta de
Hitchcock paseándose a lo largo de la pantalla y a encontrar
reminiscencias de sus películas en secuencias cargadas de tensión y
suspense eminentemente hitchcockianas. También podría decirse que
Munich recuerda a los thrillers políticos de los años setenta,
tales como Chacal, Odessa e incluso a los legendarios
padrinos de Francis Ford Coppola.
Aunque no resulte aburrida, uno de los reproches que se le
puede hacer a la película es su exceso en el metraje, que se
prolonga sin necesidad alguna hasta las dos horas y media de
duración. Quizá la consecución de algunas escenas pudiera haberse
reducido o haber suprimido aquellas que no representaban demasiada
trascendencia. De esta manera, el resultado final hubiera sido más
compacto y menos pretencioso.
|