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MUNICH

Una película de Steven Spielberg

Interpretada por:  Eric Bana, Daniel Craig, Ciarán Hinds, Mathieu Kassovitz, Hanns Zischler, Geoffrey Rush y Ayelet Zurer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Texto: Indalecio Machuca

 

Después de cumplir con las exigencias de su público más spielbergiano, si se me permite el vocablo, y arrasar en taquilla nuevamente con La Guerra de los Mundos, el director estrella de nuestro tiempo, destinado desde hace más de treinta años a ocupar un asiento en el olimpo de los dioses de la cinematografía, regresa desde su lado más intelectual para volver a manifestar sus indiscutibles cualidades divinas a través de su última obra, Munich.

 

En nuestros días, cualquier otra ciudad del mundo podría haber dado el título a una película que trata sobre una epidemia más temerosa que la gripe aviar, una terrible enfermedad para la que no existen vacunas pero sí una simple solución, que germina en un lugar determinado y su virus mortal muta y se extiende a otros lugares del mundo sesgando así la vida de cientos de personas, desafortunadas almas transeúntes de cualquier avenida o centro comercial, que esperan su autobús en una parada, su tren en una estación ferroviaria o su avión en un aeropuerto, víctimas inocentes de la peste negra del siglo veintiuno: el terrorismo.

 

Spielberg podría haber elegido otro lugar u otras circunstancias, pero es en la ciudad alemana de Munich y en el marco de las olimpiadas de 1972 donde encuentra el punto de partida perfecto para narrar una historia que, sin embargo, comenzó mucho tiempo atrás y aún no ha terminado. En aquellos Juegos Olímpicos de 1972 un grupo terrorista palestino llamado "Septiembre Negro" secuestró y asesinó a 11 atletas, miembros del equipo nacional israelí, lo que originó una gran conmoción en todo el mundo y la propaganda que los terroristas buscaban en su lucha por la causa palestina. Poco tiempo después y como respuesta a este terrible suceso, un comando judío del servicio de inteligencia israelí fue destinado a buscar y ejecutar a los responsables del atentado en un cruento episodio de venganza que se prolongó durante varios años.

 

Como tenía que ser, la posición que Spielberg adopta en relación a los hechos narrados en la película es clara e imparcial. Se sitúa de nuestro lado como espectador del antiguo y terrible juego que ancla al hombre a la etapa más primaria de su evolución, en la que como niños resuelven sus problemas sin una mínima capacidad de cordura y razonamiento, donde la violencia se convierte en la única vía posible de comunicación y el odio y la venganza se multiplican tras una nueva toma de contacto.

 

Encabeza el reparto de la película el actor australiano Eric Bana, a quien ya vimos en Hulk y Troya, y que parece ser el resultado de una fusión genética entre dos actores ochenteros, Richard Gere y Michael Nouri, protagonista de Flashdance. Bana interpreta en Munich al agente que lidera el comando judío destinado a vengar el asesinato de sus compatriotas, un personaje con manos de carnicero y corazón tierno, en conflicto interior consigo mismo, que el actor encarna con carácter y sensibilidad, consiguiendo así su mejor interpretación hasta la fecha.

 

Spielberg no sólo es un experto en la realización de películas de acción, sino que además las dota de una atmósfera profunda que termina por sumergir y precipitar al espectador en una vorágine de sentimientos que lo transportan desde el miedo, la angustia o el desconcierto hasta la fascinación. Ayudado por una meticulosa y espléndida ambientación y por un excelente trabajo de fotografía a cargo del polaco Janusz Kaminski, que decolora y endurece el entorno y brinda al filme de un realismo puro y dramático, Spielberg consigue recrear magistralmente la época de los primeros años setenta. Una vez más, se sirve de la música de su fiel amigo y colaborador John Williams, para subrayar en esta ocasión sólo algunas escenas en que ésta le roba al silencio su casi omnipresencia, un inquietante silencio que acompaña a los oscuros diálogos de los personajes y al sonido del terror: los gritos, los disparos y las bombas.

 

Hay que decir que nuevamente Spielberg recurre al legado que otro gran director de cine, Alfred Hithcock, nos dejó como ejemplo de maestría y fuente de ilustración para nuevos cineastas y de la que Spielberg ha bebido en abundantes ocasiones. De esta manera, en Munich volvemos a advertir la oronda silueta de Hitchcock paseándose a lo largo de la pantalla y a encontrar reminiscencias de sus películas en secuencias cargadas de tensión y suspense eminentemente hitchcockianas. También podría decirse que Munich recuerda a los thrillers políticos de los años setenta, tales como Chacal, Odessa e incluso a los legendarios padrinos de Francis Ford Coppola.

 

Aunque no resulte aburrida, uno de los reproches que se le puede hacer a la película es su exceso en el metraje, que se prolonga sin necesidad alguna hasta las dos horas y media de duración. Quizá la consecución de algunas escenas pudiera haberse reducido o haber suprimido aquellas que no representaban demasiada trascendencia. De esta manera, el resultado final hubiera sido más compacto y menos pretencioso.

 

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