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Texto:
Marcos
Ripalda
Me prometí no mencionar la secuencia de la sauna. Por no destripar,
ya saben, el asunto. Así que me detengo aquí. Y ahora, pluma
estilográfica en mano, es un decir, pues ya la pluma pasó a mejor
vida, y ratón y teclado preveo que se insertarán en falanges y uñas
en breve, vamos al turrón, que proclamaron en su día los cachondos
de Humor amarillo, memorable espacio donde las hostias se ven venir
desde que los incautos echan a correr, voy, si me permiten, a
calzarle un guantazo al amigo Cronenberg, guantazo que evita todo
eufemismo, se entiende, de la relativa decepción que la película me
ha deparado. Digámoslo ya: la secuencia de la sauna es lo mejor y,
tal vez, lo único por lo que merece la pena este filme. Si en
Una
historia de violencia, Cronenberg firmaba una de sus obras
maestras a partir de un encargo, en esta ocasión, descubierta la
fórmula del éxito, se relaja y le sale un telefilme de lujo, que,
por cierto, también parte de un encargo. Y es que, acostumbrado a
firmar sus guiones, lleva dos seguidos que no lo hace. Y si con el
primero le salió, aquí patina sin dejar de ofrecer espectáculo, que
es de lo que se trata, conste, mediante una narración
conscientemente ralentizada, donde abunda mucho malo y abusón y los
sentimientos más primitivos de protección y venganza rigen la
existencia. Un posible titular de periódico podría ser el que
aventuro, a saber: “Impecable facturación técnica para un guión
mediocre y hasta tópico donde ponen a Mortensen en un buen aprieto”.
Y ahora que vengan los del curso de redacción periodística de CQC
para regocijo de espectadores varios.
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