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Texto:
Consuelo
Sánchez Condés
Había oído que este filme prometía por cuanto
desvelaba las técnicas que desarrollaban las mujeres para conseguir
lo que querían de los hombres tácitamente, pero desde luego que no
es eso. Es más bien asomarse al precipicio de las relaciones, de la
autodestrucción. Del poder tenerlo todo, y destrozarlo a su vez.
Nuevamente,
basada en otro desolador hecho real, la historia del asesinato de un
madre y una abuela llevan a desarrollar el previo a los hechos,
tratando de justificar, adornar, ahondar en el detonante de tanta
desgracia humana.
Si hay algo
que destacar como anecdótico en la película, es la aparición de
actrices españolas que dan la talla. La vienen dando desde hace
tiempo. Tal es el caso de Elena Anaya, que se lleva desenvolviendo
por los estudios norteamericanos desde que debutara como súcubo de
Drácula en Van Helsing (2004, de Stephen Sommers). Acompaña a
la joven, la veterana Belén Rueda, que si bien su filmografía no es
tan extensa como la de Elena Anaya (desde 2001), ya que debutó no
hace mucho con Mar Adentro (2004, de Alejandro Amenábar), está dando
mucho qué hablar a cada película que rueda. Y a todos nos ha
sorprendido, a qué negarlo, que pasara de secundar las gracias de
Aragón a impresionar hasta con un trabajado acento, en este caso
inglés, y un porte a lo francés...
Julianne Moore
por supuesto, no se queda atrás, pero empieza a ser repetitivo ese
entornar de ojos para dar fuerza a la escena. Y el personaje, aunque
si bien contradictorio, conflictivo a lo sumo, no permite sacar
mucho énfasis en la interpretación.
Mucho cambio
de escenario para alimentar un argumento, y quizá ubicar un
desequilibrio, una inestabilidad de los personajes.
Pero una vez
visto, no hay técnicas que utilicen las mujeres a desvelar, no hay
hombres que den a las mujeres lo que quieren, y todo se reduce a un
continuo desgaste emocional que va complicando y quemando las
relaciones, en este caso, a destruir, autodestruir... y corromper.
Curioso, pero a eludir.
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