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TRISTRAM SHANDY: A COCK AND BULL STORY
Una película de
Michael Winterbottom
Interpretada por:
Steve Coogan, Rob Brydon, Jeremy Northam, Gillian Anderson y Shirley Henderson.

Texto: Bálder Montesinos

 

El peligro de las películas sobre cómo se hacen las películas es que si no te están contando algo novedoso y el ritmo no te atrapa, puedes echar de menos el ver directamente la obra que se supone que están rodando y eliminar los “estorbos” entre medias. Y esto es justo lo que sucede con este film.

 

En primer lugar, nos parece haber visto ya decenas de veces, y con mucho más ingenio, las fáciles burlas al ego inflado de los actores, a la incomunicación entre las distintas partes de un equipo (el “cada loco con su tema”), a la vida locamente promiscua y desordenada de los divos, al maquiavelismo sin escrúpulos ni gusto de directores y productores... Esto lo único que hace es que echemos de menos a Wilder, Altman o Minnelli. Por otra parte,  el ritmo aquí no invita precisamente a captar la atención: tan pronto parece una película “dogma” dando vueltas y desgastando un sketch hasta el hastío, como un aburridísimo “making-off” interpretado.

 

Uno no sabe si lo que Winterbottom intenta es reírse del mundo del Cine, o de los que estamos fuera y no nos pegamos la vida padre que gastan ellos. A tal punto llega la indefinición temática y estilística de la cinta. Cuando no hay guión ni estructura, y sólo cuentas con media docena de ideas brillantes y unos actores perfectos es fácil colgarse de estos para sacar adelante la producción. Y aquí se suspende tanto de ellos que consigue lo casi imposible: gastarlos. Porque los intérpretes, principales y secundarios, como casi siempre ocurre en el cine británico, son con diferencia lo mejor: superlativos, sutiles y con esa perfecta dicción shakesperiana y seductoras voces graves de locutores de la BBC. Pero el director, acuciado por la falta de recursos, acaba quemándolos incluso en un argumento goloso de auto-parodia, de esos que suelen reforzarles casi siempre; subrayo el “casi”. 

 

Como guía de salvamento para los que quieran disfrutar este estreno, les diré que a los que se hayan criado, como el que escribe estas líneas, suspirando ante los paisajes brumosos y los castillos de época del mejor cine rodado en Reino Unido (desde “Barry Lindon” a “Los duelistas”, pasando por “Tierras de penumbra” o lo mejor de Ivory), podrán recrearse soñando con pasar un fin de semana o montar una orgía en uno de esos inasequibles hoteles-castillo como en el que transcurre la acción; más sugeridores de nostalgia que de placeres carnales, pero por ello mismo mucho más sugestivos para mentes complejas y torturadas.

 

Toda la película se echa de menos la hazaña rozando lo inasequible de plasmar en imágenes un libro tan complejo y retorcidamente agudo como parece ser el “Tristam Shandy” de Sterne. Al menos nos contaría algo, por peregrino y absurdo que le pueda parecer al más cuadriculado. En lugar de eso tenemos hora y media donde, alternándose el mejor humor inglés de siempre con el más memo, comercial y facilón de la última década (estilo “Cuatro bodas y un funeral”), se consigue hacernos reír o sonreír alrededor de veinte veces, sin lograr por ello que la película deje de parecer ora aburridilla, ora insoportable. Si entre risa y risa hay bostezos, la diversión no cuaja. Siendo Winterbottom, uno busca inteligencia o mordacidad... y sigue buscándolas al acabar el metraje (por buscar que no quede).

 

 

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