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Texto:
Bálder Montesinos
El peligro de las películas sobre cómo se hacen las
películas es que si no te están contando algo novedoso y el ritmo no
te atrapa, puedes echar de menos el ver directamente la obra que se
supone que están rodando y eliminar los “estorbos” entre medias. Y
esto es justo lo que sucede con este film.
En primer lugar, nos parece haber visto ya decenas de
veces, y con mucho más ingenio, las fáciles burlas al ego inflado de
los actores, a la incomunicación entre las distintas partes de un
equipo (el “cada loco con su tema”), a la vida locamente promiscua y
desordenada de los divos, al maquiavelismo sin escrúpulos ni gusto
de directores y productores... Esto lo único que hace es que echemos
de menos a Wilder, Altman o Minnelli. Por otra parte, el ritmo aquí
no invita precisamente a captar la atención: tan pronto parece una
película “dogma” dando vueltas y desgastando un sketch hasta el
hastío, como un aburridísimo “making-off” interpretado.
Uno no sabe si lo que Winterbottom intenta es reírse del
mundo del Cine, o de los que estamos fuera y no nos pegamos la vida
padre que gastan ellos. A tal punto llega la indefinición temática y
estilística de la cinta. Cuando no hay guión ni estructura, y sólo
cuentas con media docena de ideas brillantes y unos actores
perfectos es fácil colgarse de estos para sacar adelante la
producción. Y aquí se suspende tanto de ellos que consigue lo casi
imposible: gastarlos. Porque los intérpretes, principales y
secundarios, como casi siempre ocurre en el cine británico, son con
diferencia lo mejor: superlativos, sutiles y con esa perfecta
dicción shakesperiana y seductoras voces graves de locutores de la
BBC. Pero el director, acuciado por la falta de recursos, acaba
quemándolos incluso en un argumento goloso de auto-parodia, de esos
que suelen reforzarles casi siempre; subrayo el “casi”.
Como guía de salvamento para los que quieran disfrutar este
estreno, les diré que a los que se hayan criado, como el que escribe
estas líneas, suspirando ante los paisajes brumosos y los castillos
de época del mejor cine rodado en Reino Unido (desde “Barry Lindon”
a “Los duelistas”, pasando por “Tierras de penumbra” o lo mejor de
Ivory), podrán recrearse soñando con pasar un fin de semana o montar
una orgía en uno de esos inasequibles hoteles-castillo como en el
que transcurre la acción; más sugeridores de nostalgia que de
placeres carnales, pero por ello mismo mucho más sugestivos para
mentes complejas y torturadas.
Toda la película se echa de menos la hazaña rozando lo
inasequible de plasmar en imágenes un libro tan complejo y
retorcidamente agudo como parece ser el “Tristam Shandy” de Sterne.
Al menos nos contaría algo, por peregrino y absurdo que le pueda
parecer al más cuadriculado. En lugar de eso tenemos hora y media
donde, alternándose el mejor humor inglés de siempre con el más
memo, comercial y facilón de la última década (estilo “Cuatro bodas
y un funeral”), se consigue hacernos reír o sonreír alrededor de
veinte veces, sin lograr por ello que la película deje de parecer
ora aburridilla, ora insoportable. Si entre risa y risa hay
bostezos, la diversión no cuaja. Siendo Winterbottom, uno busca
inteligencia o mordacidad... y sigue buscándolas al acabar el
metraje (por buscar que no quede).
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