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Texto: Jesús Vicente Moreno Moreno
La música y el cine desde siempre y para siempre han ido dados de la
mano. Se ha comentado infinidad de veces, cómo algunas malas
películas han sido levantadas por enormes bandas sonoras, o cuanto
menos, recordadas.
También los grandes finales del cine han sido acompañados de
tremendos temas, y si hemos que hablar de uno aplicado al cine
contemporáneo, ese de finales de los noventa, ese cine repudiado
muchas veces por la crítica por considerarse “moderno”, por salirse
de los cánones estéticos y arguméntales, por crear algo cuando ya se
consideraba todo creado, entonces hemos de hablar de El club de
la lucha. Fuente de discusiones eternas, y sin entrar ni en
conflictos ni en detalles, la adaptación de la novela de
Chuck Palahniuk, es dueña de uno de los finales más memorables del cine
de los 90.
Los edificios cayendo, los Pixies sonando y Eduard Norton
diciéndole a Helena Bonham-Carter eso de “me has conocido en un
momento extraño de mi vida” juntos de la mano, contemplando la
caída de la deuda a través de las inmensas cristaleras de un
edificio cercano.
David Fincher es el creador de atmósferas y de ambientes
más personal que conozco (La habitación del pánico, Alien
3, The game). En Zodiac, la más clásica de sus
películas hasta el momento, la película termina con un final
bastante distinto al comentado anteriormente, pero no exento de
valentía. Esta vez cuenta con un estremecedor inicio (banda sonora
incluida), preámbulo de las más de dos horas y media de una película
notable.
Jake Gyllenhaal resulta creíble, obsesivo, temerario dentro
de un papel difícil que en otro tiempo hubiese hecho Keanu Reeves.
Pero si se analizan los actores, si volcamos los esfuerzos en la
veracidad interpretativa, mejor quedarse con Mark Ruffalo en el
papel de policía a la vieja usanza (comparaciones con Bullit
se escuchan dentro del propio film) bordeando el blanco y negro, con
un tono de voz turbador, con la nostalgia de esos policías duros que
veíamos en las películas de los setenta, de los que nunca
adivinábamos lo que estaban pensando. Mención especial para un tipo
tocado por el don de la actuación, Robert Downey Jr., quizás un poco
sobre actuado, pero con tanto magnetismo y con tanta clase, que
merece la pena ver la película solo por apreciar su progresiva
autodestrucción.
David Fincher, un clásico contemporáneo para todos los
públicos, adapta una historia real, recreando espacios, calles,
coches, bares y programas de televisión.
Bien es cierto
que la película va decayendo, y que el público espera y desea ver al
final a un Kevin Spacey, cabellera en mano, rompiendo moldes y
esquemas; pero aquí el desenlace, pese a decepcionar a unos cuantos,
es digno, creíble; angustia pensar que el afán de protagonismo, la
lucha titánica de un ego por superarse, el desequilibrio, la
enfermedad y el rechazo desemboquen en esto. Que frágiles somos. Que
miedo.
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