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EL ADVERSARIO

Emmanuel Carrère

Anagrama

Año 2000

 

Texto: Marcos Ripalda

 

Jean Claude Romand mató a su familia y a sus padres para encubrir una mentira que alargó durante 18 años. Y luego, sin mucha convicción, incendió su casa con la intención de suicidarse. La rápida intervención de los bomberos y su apego a la vida le salvaron.

 

Estoy seguro de que más de un lector me dirá que le he estropeado la trama. Pues no. Esta historia, que Emmanuel Carrère, como un Truman Capote descafeinado, literaturiza, la publicó la prensa francesa en 1993. Además, ha dado lugar a tres películas: El empleo del tiempo, de Laurent Cantet; El adversario, de Nicole Garcia, que se basa directamente en esta novela, y La vida de nadie, adaptación libre de Eduard Cortés, donde Coronado te deja sin palabras y te olvidas hasta del bifidus. 

 

Increíble, sí. Romand coló durante casi veinte años que era un prestigioso médico de la Organización Mundial de la Salud (OMS), pero la verdad es que ni siquiera llegó a licenciarse en Medicina. Y todo comenzó por un primer examen al que no asistió. Luego la bola se hizo enorme y no pudo pararla. Por no afrontar, entre otras cosas, la vergüenza. El adversario no es, como pudiera parecer, el rocambolesco argumento de una película surgida de los telefilmes, a veces infumables, de las sobremesas de Antena 3, sino que arranca de una historia real. Aprovechando los recursos de la non fiction novel, Carrère hace un retrato del personaje de Romand lo más aséptico posible, lo que le permite evitar ciertas emotividades sospechosas, y tiene la precaución de evitarse la descripción de los detalles más escabrosos. Además, deja caer alguna que otra reflexión sobre el azar que construimos día a día y que, ojo, puede destruirnos si, como Romand, tenemos miedo a la verdad y a las consecuencias que de ella se derivan. Eso sí, el autor refleja muy acertadamente el perpetuo estado de angustia en que vivía Romand.

 

Pónganse en el lugar de los amigos de Romand. ¿Se sienten engañados? Por supuesto. Y algo imbéciles. Pues se van atando cabos y, claro, te dices, cómo no me di cuenta de esto o de aquello y, así, tienes de qué hablar, y cuado seas viejito, si un cáncer no te revienta antes o te atropella un niñato con coche caro y sin carné, puede que les cuentes a tus nietos, si no te han metido en un asilo o trasunto de asilo antes, la historia de Romand, ese amigo del que tú siempre sospechaste algo, bribón.

 

Que cada uno saque sus propias conclusiones es la máxima de esta novela que, sin ser una maravilla, tiene la capacidad de sobrecogernos, aunque nos suelta prontito, que de un vistazo la estantería de libros que prometen está llenita. Lo único que nos queda es preguntarnos por la palabra “adversario” en el título. ¿Por qué no “mentiroso”?. Y es que tal adjetivo no está elegido al azar. Porque el hombre vive enfrentado a su entorno. Cierto, todo hombre es adversario de otro hombre. Y a nadie le gusta que lo descubran.

 

 

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