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Texto:
Marcos
Ripalda
Ya
lo dice el refrán: “La ignorancia es osada”. Y disculpen esta
somanta de palos, de verdad. Que hay escritores consagrados que
también escriben con el culo, con perdón.
Está claro que no debería ser yo el que hiciese esta reseña, pero
así están las cosas. Ahora mismo lo entenderán. Uno de mis relatos,
“Lentejas”, relato que considero aceptable, aunque no maravilloso,
está seleccionado y, claro, son ganas de tirar piedras sobre el
tejado de uno. Y es que, aparte de topicazos, el libro, que es muy
digno, qué duda cabe, y hasta valiente, porque cede un espacio para
los que comienzan y los que podían haberse ahorrado ese comienzo, ya
me entienden, porque escribir correcto es lo mínimo, sí, prueba
superada, pero el ejercicio de la literatura no tiene nada que ver
con lo que ofrecen la mayoría de las piezas aquí recogidas. Un buen
cuento no es el que está peor o mejor escrito, que también, sino el
que cuenta de la forma adecuada una historia. Tono, ritmo y algo que
contar. Pero nos topamos con relatos de principiantes, de narradores
que se ponen a escribir y se pasan por el forro lo poco que hayan
podido sacar de sus carreras universitarias, sus lecturas diversas y
las retahílas sectarias de los talleres de escritura que florecen en
poblaciones cada vez más pequeñas. Y conste que hay material para
buenas y mejores historias: vomitonas que se hacen con el control
del planeta; perros abandonados que alegran la existencia de quienes
los encuentran; enamoramientos no recíprocos; asesinatos; venganzas;
de todo un poco, ya ven, e, incluso paralelismos ridículos aunque
válidos, entre los que viven bien (trabajo, casa, familia) y poseen
un frigorífico para hambrunas improbables y los que viven mal (sin
trabajo, en la calle, solos), que son los indigentes de toda la
vida, los que aprovechan la enorme caja de cartón de ese
frigorífico, metáfora del bienestar, y que como ocupa demasiado
espacio, pues se deja en la calle, que para reciclajes no está el
tiempo…
A
ver. Tanto para escribir un relato tipo soy una persona normal y me
gustaría contar la historia de una niña que se pierde en el bosque y
la raptan siete motoristas samuráis que se la tienen jurada al padre
de la niña, como para contar la historia de nuestra abuelita que se
quedó ciega cosiendo para los señoritos con el objetivo de sacar a
sus catorce hijos adelante porque el padre murió, hay que: 1. Leer
mucho. 2. Escribir mucho. 3. Desechar mucho. 4. Plagiar mucho. 5.
Tachar mucho. 6. Cortar mucho. Obviamente, no seré yo quien diga que
no se lee, pero sospecho que se absorbe poquito. Tampoco digo que no
se escriba mucho ni poco ni que se deseche mucho o poco, pues no he
estado en el proceso. Que se plagie, sí, se hace, pero mal. Y tachar
se debe tachar poco, porque la mayoría de los relatos están poco
cocidos o se han podado escasamente. Está claro que ni todo el mundo
sabe escribir (un cuento) ni todo el mundo debe escribir. De hecho,
ahora entiendo el porqué de que haya tantos músicos, arquitectos,
pintores, soplagaitas televisivos, presentadoras pelmas y
personajillos de turbia procedencia que se atreven con la
publicación de sus memorias o con cuentos para niños o con libros de
autoayuda porque una vez les cortaron un pecho y salieron
victoriosos. Y es que, claro, esto del ejercicio de la pluma es
patrimonio del que se pone a ello. Que si el charcutero del barrio o
el ala pívot de ese equipo que pasó el primer playoff quieren
escribir, quién va a impedírselo. Yo no, desde luego, e iniciativas
como ésta, que, por cierto, recoge los relatos premiados y los
finalistas del Premio Ediciones Beta de Relato Corto, vienen a
confirmarlo. Así que ánimo. Y cuando vuestro amigo o amiga del alma
os lea lo que ha escrito, por favor, espero que seáis sinceros, y le
digáis a Manolín o a Piluca, que siga currándoselo, que está cerca,
o bien que esto no es lo suyo.
Aplausos, eso sí, para el simpático e irreverente “Muñoz, el de la
tercera planta”, de Aster Navas Martínez; “Amistad”, de Juan Carlos
Fernández León, que recuerda a “Las interioridades”, del escritor
sanluqueño Félix J. Palma; y “Tejolote versus Anaconda”, de Andrés
Portillo González, surrealizante visión de un desigualado combate de
boxeo.
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