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Texto:
Marcos
Ripalda
Es
la voz de Anna: «Nada perdura, ya ves, ni siquiera los pensamientos
en tu interior. Y no vale la pena perder el tiempo buscándolos; una
vez que una cosa desaparece, ha llegado su fin». Anna está buscando
a su hermano William en una ciudad que apenas existe. Ha llegado a
ella, sí, pero abandonarla cuanto antes es su deseo. Sin embargo,
sabe que esto es imposible. Ésa es la certeza de Anna, personaje al
que Auster presta su voz.
La
novela comienza y acaba utilizando la fórmula epistolar. Anna narra
el pasado para ayudarse en el presente. Busca a su hermano para que
su vida adquiera sentido. Y es precisamente esa búsqueda la
que lo hace posible. Quienes lean su historia podrán revivirla.
Anna
es periodista y esto no es casual. Auster la elije porque su
profesión es la de transmitir información. Y esto, claro, se opone
frontalmente a quienes detentan el poder. Oculta y vencerás. No
confíes en nadie. Ni siquiera en ti mismo. Porque te defraudaría
saber lo que eres capaz de hacer. Y el antídoto que propone Anna/Auster
para combatir este juego aniquilador es la autoestima: todo el que
existe tiene algo que contar. Y ésta es una buena razón para que
admitamos cuanto antes que la protección de la memoria histórica es
la mejor forma de enfrentarse al olvido. Muy recomendable ahora y
siempre, por supuesto.
El país de las últimas cosas no existe. No hay un lugar así. Pero la
capacidad narrativa de Auster nos lo hace verosímil. La novela
transita por los márgenes de la ciencia ficción, pero tan sólo se
separa de lo que conocemos como (único) mundo unos escasos
milímetros. Y eso es más que suficiente. Da vértigo. Algunos cuentos
incluidos en el imprescindible Crónicas marcianas, de Ray
Bradbury, dispararon también en esta dirección. Pero esa es otra
historia.
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