música          cine          libros y comics          hemeroteca          contraportada
                                                                  portadas     contenidos anteriores

contenidos anteriores

discos

conciertos

películas

libros

 

ENSAYO SOBRE LA CEGUERA

José Saramago

Alfaguara

Año 2001

 

Texto: Marcos Ripalda

 

Ensayo Sobre La Ceguera es una obra capital para iniciarse en la comprensión del ser humano. Si uno quiere, por supuesto. Yo no querría. Sin embargo, un día lees y está todo perdido: Ves. Lo cierto es que yo creía que veía, a pesar de mi miopía, de mi ceguera natural, asumida, controlada, permítaseme la expresión. Ahora no sé si lo que veo es lo que deseo ver. Si lo que veo es lo que realmente esta delante de mí. Si mis ojos están habituados a ver, si los tengo abiertos, Son los ojos para ver, me pregunto, sirven para llorar, derraman lágrimas, pero ven realmente, me pregunto.

 

Porque mi vecino puede ver algo que a mí se me pasó, Pero qué dices, Que sí, que había un gato enorme en la terraza, Yo no lo vi, Es que estás ciego, hombre, entonces lo comprendes y dices, Tenemos que cuidar el lenguaje, y lo cierto es que el gato estaba allí, pues yo estaba presente y lo vi, con los ojos, de qué otra forma si no. A nadie le gusta lo que ve, verdad indiscutible. Mejor permanecer ciegos.

 

Un día conduces tu automóvil, el disco se pone en rojo, te detienes, el semáforo cambia a verde, no arrancas, comienzan los pitidos, los insultos, Pero qué pasa, Manda cojones, Me tenía que tocar un imbécil delante, entonces alguien se aproxima al coche detenido, mira en su interior, hay un hombre agarrado al volante, ese hombre mira testarudamente hacia delante, qué le ocurre, por qué no avanza, Pero qué pasa, hombre, vaya la que estamos liando, Ciego, estoy ciego, dice el hombre sin soltar el volante, Cómo, Qué estoy ciego, Pero qué dice, No veo nada, qué es toda esa luz, Cómo, de qué luz me habla, Una ceguera blanca, como estar contemplando un inmenso mar de leche, pero el hombre que se asoma al coche no comprende, Déjeme que le ayude, y así comienza la novela, salvando las distancias, por supuesto. Un primer ciego, otro, el número de casos aumenta en progresión geométrica, el gobierno actúa, toma la determinación de encerrarlos, buscar a los afectados, aplicar un régimen de cuarentena, lo que se hacía con los leprosos, apartar al hombre del contagio, protegerse uno mismo y, tal vez, evitando pensar en ello, alcanzar otro tipo de ceguera, pero lo que no saben es que a todos les llega el momento de enfrentarse a la ceguera blanca, y cuando todos estén contagiados, qué sucederá, la igualdad, bendita igualdad, el hombre para el hombre, ahí os las aviéis, el hombre sacrifica al hombre. El mundo de los hombres lo han construido los hombres, cierto que también lo han destruido, lo destruyen todos los días, y siempre hay algún imbécil que planta un alcornoque, que apaga un fuego, que se deja torturar, que no suelta prenda, es que los humanos somos así, sentimentales, ridículos, unas veces más que otras, eso es la vida.

 

Acerquémonos ahora a Platón: la caverna, Quién dice que hemos salido de ella, Lo que yo veo es todo lo que hay delante de mí, Se me esconde algo, y si es así, quién me lo esconde, con qué intención, Vivimos en el mundo de lo visible, Estamos vivos, Quién nos sueña, son preguntas que se hace nuestro yo ante su yo reflejado, consecutivamente, preguntas, preguntas.

 

Saramago se vale de una mujer que ve, alguien que misteriosamente no ha perdido la capacidad de ver, que no se ha contagiado, para narrarnos la historia. Sin los ojos de esta mujer hubiese sido imposible adentrarse en el ámbito de los cuatro sentidos restantes, aunque la vista no es el sentido más desarrollado, sí el más útil, para poder así describir las sensaciones táctiles, las pisadas en un suelo sucio, sobre el que defecan los hombres, los olores que infectan un poco más cada día la ciudad, los cuerpos despiden su hedor pegados a otros cuerpos, el sabor de la comida en mal estado, ese pedazo de pan duro que defendemos con la vida, los ruidos de los intestinos, los lamentos, el oído se acostumbra a todo cuando hemos entrado en el horror, Cuál es el límite, Hasta dónde seremos capaces de llegar, las preguntas del escritor confundidas en la voz de la mujer, intercambiables, un narrador en tercera persona sustituido por la voz del relato, o mejor, los ojos del relato, la ficción del narrador, ese mundo imaginado y nunca deseado, llega a ser tangible gracias a la primera persona de quien vive inmersa en ese horror, de otra forma no habría historia que contar.

 

El estilo literario de Ensayo sobre la ceguera se adapta a la naturaleza propia de la narración. Saramago utiliza un estilo directo, de ritmo muy marcado, sin pararse en largas reflexiones, un estilo inmediato, que responde a la necesidad de narrar lo que sucede en presente, cuando lo primordial es sobrevivir, cuando lo que sucede no deja que pensemos con claridad, y el cansancio, y los otros, la propia vida. Se permite muy pocas concesiones a lo habitual del texto literario, la retórica, la poesía, en cambio asistimos a la creación de un diario en el que se van narrando las vicisitudes del día a día, de la supervivencia, lentamente, pero sin ahondar en los sentimientos, sin hablar de ellos, pero que, por supuesto, están ahí, bajo lo que se percibe, lo que se oye, lo que se huele.

 

Tanto el estilo como el vocabulario están sometidos a la historia, a la necesidad vital de contar lo que sucede, pero sin intención dramática, desde la mirada de un testigo privilegiado, que al tener la facultad de ver puede reconocer, diferenciar las cosas y así, de esta forma, alcanzar a comprender, en un sentido metafórico, la ceguera de los otros, que viven en la Luz, en esa ceguera blanca, el mundo de los hombres y para los hombres. Ya lo dice el autor por medio de esa mujer que aún ve: “Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, Ciegos que ven, Ciegos que, viendo, no ven”. Para lo bueno y para lo malo.

 

Por qué la palabra “ensayo” en el título. Un ensayo, suponemos, es algo sesudo, en el que las reflexiones se fragmentan en otras tantas reflexiones más pequeñas, y éste no es el caso de la novela que desciframos, donde se reflexiona poco, se acude con frecuencia a los refranes, la sabiduría popular, lo que los mayores dejan como herencia, lo que no se pierde, la costumbre, el hábito, nociones de urbanidad, de humanidad, en suma. La sabiduría de los mayores es la sabiduría que perdura, que el tiempo ha tallado en las mentes de los hijos, lo único que se transmite, pero no se transmite la acción, cada decisión debe ser tomada con cuidado.

 

Tenemos la responsabilidad de guiar a quienes no ven, de darles una oportunidad, al menos eso, se lo merecen, sobre todo en estos tiempos en los que una palabra mal empleada, mal interpretada, a veces hiriente, a veces jocosa, sin maldad, hace que multitudes se enfurezcan y deseen la aniquilación del otro.

 

Derechos Reservados Octubre 2005 © www.plataforma21.com e-mail: contacto@plataforma21.com