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Texto:
Marcos
Ripalda
Ensayo Sobre
La Ceguera
es una obra capital para iniciarse en la comprensión del ser humano.
Si uno quiere, por supuesto. Yo no querría. Sin embargo, un día lees
y está todo perdido: Ves. Lo cierto es que yo creía que veía, a
pesar de mi miopía, de mi ceguera natural, asumida, controlada,
permítaseme la expresión. Ahora no sé si lo que veo es lo que deseo
ver. Si lo que veo es lo que realmente esta delante de mí. Si mis
ojos están habituados a ver, si los tengo abiertos, Son los ojos
para ver, me pregunto, sirven para llorar, derraman lágrimas, pero
ven realmente, me pregunto.
Porque mi vecino puede ver algo que a mí se me pasó, Pero
qué dices, Que sí, que había un gato enorme en la terraza, Yo no lo
vi, Es que estás ciego, hombre, entonces lo comprendes y dices,
Tenemos que cuidar el lenguaje, y lo cierto es que el gato estaba
allí, pues yo estaba presente y lo vi, con los ojos, de qué otra
forma si no. A nadie le gusta lo que ve, verdad indiscutible. Mejor
permanecer ciegos.
Un día conduces tu automóvil, el disco se pone en rojo, te
detienes, el semáforo cambia a verde, no arrancas, comienzan los
pitidos, los insultos, Pero qué pasa, Manda cojones, Me tenía que
tocar un imbécil delante, entonces alguien se aproxima al coche
detenido, mira en su interior, hay un hombre agarrado al volante,
ese hombre mira testarudamente hacia delante, qué le ocurre, por qué
no avanza, Pero qué pasa, hombre, vaya la que estamos liando, Ciego,
estoy ciego, dice el hombre sin soltar el volante, Cómo, Qué estoy
ciego, Pero qué dice, No veo nada, qué es toda esa luz, Cómo, de qué
luz me habla, Una ceguera blanca, como estar contemplando un inmenso
mar de leche, pero el hombre que se asoma al coche no comprende,
Déjeme que le ayude, y así comienza la novela, salvando las
distancias, por supuesto. Un primer ciego, otro, el número de casos
aumenta en progresión geométrica, el gobierno actúa, toma la
determinación de encerrarlos, buscar a los afectados, aplicar un
régimen de cuarentena, lo que se hacía con los leprosos, apartar al
hombre del contagio, protegerse uno mismo y, tal vez, evitando
pensar en ello, alcanzar otro tipo de ceguera, pero lo que no saben
es que a todos les llega el momento de enfrentarse a la ceguera
blanca, y cuando todos estén contagiados, qué sucederá, la igualdad,
bendita igualdad, el hombre para el hombre, ahí os las aviéis, el
hombre sacrifica al hombre. El mundo de los hombres lo han
construido los hombres, cierto que también lo han destruido, lo
destruyen todos los días, y siempre hay algún imbécil que planta un
alcornoque, que apaga un fuego, que se deja torturar, que no suelta
prenda, es que los humanos somos así, sentimentales, ridículos, unas
veces más que otras, eso es la vida.
Acerquémonos ahora a Platón: la caverna, Quién dice que
hemos salido de ella, Lo que yo veo es todo lo que hay delante de
mí, Se me esconde algo, y si es así, quién me lo esconde, con qué
intención, Vivimos en el mundo de lo visible, Estamos vivos, Quién
nos sueña, son preguntas que se hace nuestro yo ante su yo
reflejado, consecutivamente, preguntas, preguntas.
Saramago se vale de una mujer que ve, alguien que
misteriosamente no ha perdido la capacidad de ver, que no se ha
contagiado, para narrarnos la historia. Sin los ojos de esta mujer
hubiese sido imposible adentrarse en el ámbito de los cuatro
sentidos restantes, aunque la vista no es el sentido más
desarrollado, sí el más útil, para poder así describir las
sensaciones táctiles, las pisadas en un suelo sucio, sobre el que
defecan los hombres, los olores que infectan un poco más cada día la
ciudad, los cuerpos despiden su hedor pegados a otros cuerpos, el
sabor de la comida en mal estado, ese pedazo de pan duro que
defendemos con la vida, los ruidos de los intestinos, los lamentos,
el oído se acostumbra a todo cuando hemos entrado en el horror, Cuál
es el límite, Hasta dónde seremos capaces de llegar, las preguntas
del escritor confundidas en la voz de la mujer, intercambiables, un
narrador en tercera persona sustituido por la voz del relato, o
mejor, los ojos del relato, la ficción del narrador, ese mundo
imaginado y nunca deseado, llega a ser tangible gracias a la primera
persona de quien vive inmersa en ese horror, de otra forma no habría
historia que contar.
El estilo
literario de Ensayo sobre la ceguera se adapta a la
naturaleza propia de la narración. Saramago utiliza un estilo
directo, de ritmo muy marcado, sin pararse en largas reflexiones, un
estilo inmediato, que responde a la necesidad de narrar lo que
sucede en presente, cuando lo primordial es sobrevivir, cuando lo
que sucede no deja que pensemos con claridad, y el cansancio, y los
otros, la propia vida. Se permite muy pocas concesiones a lo
habitual del texto literario, la retórica, la poesía, en cambio
asistimos a la creación de un diario en el que se van narrando las
vicisitudes del día a día, de la supervivencia, lentamente, pero sin
ahondar en los sentimientos, sin hablar de ellos, pero que, por
supuesto, están ahí, bajo lo que se percibe, lo que se oye, lo que
se huele.
Tanto el estilo como el vocabulario están sometidos a la
historia, a la necesidad vital de contar lo que sucede, pero sin
intención dramática, desde la mirada de un testigo privilegiado, que
al tener la facultad de ver puede reconocer, diferenciar las cosas y
así, de esta forma, alcanzar a comprender, en un sentido metafórico,
la ceguera de los otros, que viven en la Luz, en esa ceguera blanca,
el mundo de los hombres y para los hombres. Ya lo dice el autor por
medio de esa mujer que aún ve: “Creo que no nos quedamos ciegos,
creo que estamos ciegos, Ciegos que ven, Ciegos que, viendo, no
ven”. Para lo bueno y para lo malo.
Por qué la palabra “ensayo” en el título. Un ensayo,
suponemos, es algo sesudo, en el que las reflexiones se fragmentan
en otras tantas reflexiones más pequeñas, y éste no es el caso de la
novela que desciframos, donde se reflexiona poco, se acude con
frecuencia a los refranes, la sabiduría popular, lo que los mayores
dejan como herencia, lo que no se pierde, la costumbre, el hábito,
nociones de urbanidad, de humanidad, en suma. La sabiduría de los
mayores es la sabiduría que perdura, que el tiempo ha tallado en las
mentes de los hijos, lo único que se transmite, pero no se transmite
la acción, cada decisión debe ser tomada con cuidado.
Tenemos la
responsabilidad de guiar a quienes no ven, de darles una
oportunidad, al menos eso, se lo merecen, sobre todo en estos
tiempos en los que una palabra mal empleada, mal interpretada, a
veces hiriente, a veces jocosa, sin maldad, hace que multitudes se
enfurezcan y deseen la aniquilación del otro. |