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MELOCOTÓN DE MANZANA

Quim Monzó

Anagrama

Año 1981

 

Texto: Marcos Ripalda

 

Los cuentos recogidos en Melocotón de manzana son un magnífico ejemplo de intertextualidad. O sea, digámoslo ya, ¡que viva la tradición del plagio! Pues en principio, y esto importa muy poco, Monzó se parece a muchos y, al mismo tiempo, es único. Porque la personalidad literaria de este escritor catalán reside en su capacidad de parodiar sus lecturas preferidas. Monzó explora con un lenguaje sencillo y salpicado de onomatopeyas terrenos ya trillados y saca jugo, sí señor, porque, entre otras cosas, sus cuentos no están contaminados de solemnidad, que es uno de los principales defectos del escritor que se inicia. Para Monzó la literatura es un asunto cotidiano y se hace en la carpintería del garaje. Lo profundo parece simple. Y puede que, verdaderamente, no sea tan complicado.

 

Monzó es un maestro del relato breve y hasta hiperbreve. Se podría decir que es un condensador de detalles. Escribir bien y económico es una de las cualidades del buen cuentista. Monzó las tiene. Qué decir de ese cuento donde se narra la prolongación interminable de un encuentro amoroso debido a las frecuentes interrupciones de familiares, albañiles, primos e incordios varios.

 

Onomatopeyas que economizan descriptivamente, hipérboles humorísticas que convierten la existencia de sus personajes en descacharrantes episodios surrealistas, transgresiones diversas sobre temas recurrentes. Sobre todo esto y mucho más orbitan las piezas de Melocotón de manzana.  

 

Por nada del mundo querría que sonase a chufa, pero Monzó escribe breve porque confía en la inteligencia de sus lectores. Ya saben: lo de rellenar huecos, lo de relato escribible y relato legible. En fin: mascadito lo justo. Porque para entretenimientos están las secciones deportivas de los telediarios.

 

De lectura obligada en los talleres de escritura. Por brillantez, frescura y originalidad.

 

 

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