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PARPADEOS

Eloy Tizón

Anagrama

Año 2006

 

Texto: Marcos Ripalda

 

Lo cierto es que Parpadeos es un libro de relatos muy bien escrito. Su autor también escribió en 1992 un libro de relatos titulado Velocidad de los jardines, volumen que, digámoslo ya, es insuperable para un servidor. En una encuesta realizada entre críticos y escritores por la revista Quimera, se posicionó como uno de los mejores libros de cuentos de la literatura española del siglo XX. De hecho, contiene dos de los mejores cuentos que he leído en mi vida: “Los viajes de Anatalia” y el que da título al libro.

 

Veamos. En Parpadeos, Tizón es un virtuoso que parece esconder la mano tras el meteorito arrojado en su anterior asalto a relato breve. Y es que Parpadeos contiene relatos para ganar concursos, no para figurar entre las novedades editoriales del género. Como el propio autor reconoce, el cuento tiene un cierto aire de marginalidad que permite, por tanto, preservarlo de impurezas. El cuento, desafortunadamente, está más valorado desde un punto de vista literario que comercial.

 

Pero no nos desviemos. Que el libro no está mal, conste. El primer relato comienza así: “Hoy, por primera vez en mi vida, he oído llorar a un pájaro”. Un principio que te invita a seguir leyendo. Sin embargo, su prosa envidiable muta, a lo largo de sus 13 piezas, en prosa correcta, por encima de la media, conste, pero un tanto plebeya, léase acomodaticia. Ojo: a pesar de tal varapalo, algunos de sus cuentos, los menos, como “Los invasores”, puro Cortázar, o aquellos en los que ubica a sus personajes en situaciones canallescas y hasta surrealistas, son muy necesarios para combatir la cada vez más adocenada y autocomplaciente narrativa española y, por qué no, del mundo mundial.

 

Ángel García Galiano, ilustre cuentista, a propósito de la obra de Eloy Tizón, afirmó en su día, y lo recoge la contraportada del libro, que es “un escritor de asombros y temblores, que defiende para su escritura la misma lentitud germinativa de los jardines. Narrador de la memoria, de la palabra precisa, de la literatura como don de amor, como salvación, como hábito moral con que vestir la absurda (de otro modo) realidad; de ahí su explícito empeño en escribir bien, por asumir en propia carne y sangre que la sintaxis no es sino un movimiento del alma”. La mar de bonito, conste. Porque un cuento es fruto de la paciencia más que de la inspiración.

 

Alguien que, como este autor madrileño nacido en 1964, afirma no poder narrar la batalla de Waterloo, pero sí lo que puede suponer el cambio de rojo a verde en un semáforo, tiene todos mis respetos aunque, a fecha de hoy, esté en los puestos de descenso.

 

 

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