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Texto:
Marcos
Ripalda
Lo cierto es que
Parpadeos es un libro de relatos muy bien escrito. Su autor
también escribió en 1992 un libro de relatos titulado Velocidad
de los jardines, volumen que, digámoslo ya, es insuperable para
un servidor. En una encuesta realizada entre críticos y escritores
por la revista Quimera, se posicionó como uno de los mejores libros
de cuentos de la literatura española del siglo XX. De hecho,
contiene dos de los mejores cuentos que he leído en mi vida: “Los
viajes de Anatalia” y el que da título al libro.
Veamos. En
Parpadeos, Tizón es un virtuoso que parece esconder la mano tras
el meteorito arrojado en su anterior asalto a relato breve. Y es que
Parpadeos contiene relatos para ganar concursos, no para
figurar entre las novedades editoriales del género. Como el propio
autor reconoce, el cuento tiene un cierto aire de marginalidad que
permite, por tanto, preservarlo de impurezas. El cuento,
desafortunadamente, está más valorado desde un punto de vista
literario que comercial.
Pero no nos
desviemos. Que el libro no está mal, conste. El primer relato
comienza así: “Hoy, por primera vez en mi vida, he oído llorar a un
pájaro”. Un principio que te invita a seguir leyendo.
Sin
embargo, su prosa envidiable muta, a lo largo de sus 13 piezas, en
prosa correcta, por encima de la media, conste, pero un tanto
plebeya, léase acomodaticia. Ojo: a pesar de tal varapalo, algunos
de sus cuentos, los menos, como “Los invasores”, puro Cortázar, o
aquellos en los que ubica a sus personajes en situaciones
canallescas y hasta surrealistas, son muy necesarios para combatir
la cada vez más adocenada y autocomplaciente narrativa española y,
por qué no, del mundo mundial.
Ángel García
Galiano, ilustre cuentista, a propósito de la obra de Eloy Tizón,
afirmó en su día, y lo recoge la contraportada del libro, que es “un
escritor de asombros y temblores, que defiende para su escritura la
misma lentitud germinativa de los jardines. Narrador de la memoria,
de la palabra precisa, de la literatura como don de amor, como
salvación, como hábito moral con que vestir la absurda (de otro
modo) realidad; de ahí su explícito empeño en escribir bien, por
asumir en propia carne y sangre que la sintaxis no es sino un
movimiento del alma”. La mar de bonito, conste. Porque un cuento es
fruto de la paciencia más que de la inspiración.
Alguien que, como
este autor madrileño nacido en 1964, afirma no poder narrar la
batalla de Waterloo, pero sí lo que puede suponer el cambio de rojo
a verde en un semáforo, tiene todos mis respetos aunque, a fecha de
hoy, esté en los puestos de descenso.
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