| |
Apocado,
ensimismado, tímido,... ninguna de estas etiquetas le sentaba tan bien como
‘distinto’. Había empezado por cambiar de hábitos alimenticios, pero en esos
momentos rondaba la absoluta desalineación social.
Su madre, una
devota más, alertada por sus movimientos y confundida por sus diálogos, no dudó
un instante y avisó al Sistema. El Sistema mandó comenzar una investigación:
C-880, un trabajador, un aliado, en definitiva, un Productor, terminaba su Labor
obligatoria y se confinaba en su panalítica vivienda. Allí, se encerraba en su
cuarto, en su soledad, aislado del mundo, del que solamente salía para volver a
su labor. No había ausentismo ni rebelión; el problema para el Sistema era mucho
más grave: C-880 mostraba indicios de tener personalidad.
No sabían
decir cómo, si era en la manera de hablar, de vestir o de trabajar, pero se
decía que incluso podría haber llegado a desarrollar ideas propias, lo cual era
una amenaza directa al Sistema según el Código Único de Conducta ¿Cómo podía
ser? ¿Qué había fallado? ¿Acaso no había leído el código? Si, por supuesto que
si; en el juicio se revisaron cintas de colegio, audiciones, exámenes,... todo
estaba almacenado en la memoria virtual del Sistema. Y ahí estaba grabado C-880
en su niñez, cuando todavía era Carlos; oía el código, si, incluso seguía la
lectura con los labios, pero ya de niño a veces cerraba los ojos y parecía que
usaba la imaginación, otro de los confesos enemigos del Sistema.
Para que no
germinase la envidia y la avaricia entre los productores, además de igualdad de
salarios ‘inter pares’, el Código había dispuesto cubículas idénticas, de blanco
minimalista y cuya ornamentación tanto interior como exterior estaba
rigurosamente prohibida. El Código, en uno de sus puntos más controvertidos,
estipulaba además que cada celda era unipersonal y privada, siendo el único
encuadre de confidencialidad asegurada.
Y era en ese
reducto en el que Carlos pasaba sus horas; no iba a las salas de ocio, ni hacia
recreo deportivo, escapando así de los simples pero eficaces métodos de control
que el Sistema ejercía sobre la masa. El Sistema pensó que quizás habría
encontrado algún método secreto de realización personal… Las pruebas eran
ligeras y las etéreas conclusiones no demostraban nada; sin embargo, las
acusaciones vertidas sobre él eran suficientes para un juicio menor: posible uso
de la imaginación, e indicios de ideas y personalidad propia: patología clara de
un posible enemigo del orden establecido.
Al ser
solamente un delinquir ‘posible’, C-880 fue debidamente arengado y
exhaustivamente vigilado, pero sus actos públicos (labor y más labor) no
suponían delito alguno. Entonces, y como medida cautelar ejemplificante, se creó
un seguimiento personalizado: su jornada era grabada y estudiada por el tribunal
de los 100 Ojos, las 50 máximas autoridades judiciales del Sistema. Era todo lo
lejos que podían ir contra Carlos: si un Productor cumplía en su labor, de nada
podía ser culpado ni su celda podía ser registrada, por lo que todo se reducía a
sus apariciones sociales. Los 100 Ojos velaban por el orden del Sistema: C-880
iba a pie a su labor, la realizaba con soltura y volvía a recluirse en su
improfanable confín, donde pasaba las horas muertas… ¿Qué haría? No llegaba
cansado nunca a su labor... ¿Dormiría? Nada podía saberse ¿Habría conocido
alguna mujer? Descartado, hombres y mujeres tenían prohibido el contacto visual
y más aún el contacto físico.
Una mañana
más, los 100 Ojos vieron salir a C-880 de su minimalista panal, andaba risueño,
tranquilo, y se le veía feliz. En sí, ser feliz no era delito, pero era aquella
expresión en su cara la que los 100 no podían soportar. Y aquella mañana
sucedió: Camino hacia su labor, despreocupado de su seguimiento y acompañado por
su sonrisa, Carlos empezó a golpearse el pecho con las palmas de las manos,
produciendo un curioso ritmo a los ojos de sus vigilantes y para agrandar aún
mas su sorpresa, juntó los labios hacia fuera, dejando salir un sonido que
sobresaltó al resto de los productores:
-¡Está
modulando la salida de aire con su boca! Dijo uno de los jueces.
-¡Creo que se
llama ‘silbar’!.- añadió otro- una vez se lo escuché mencionar a un anciano. Se
hacía en la antigüedad para producir....., - y la voz se le entrecortó- ...
música.
La palabra
música sonó como una losa en la sala de los 100 Ojos: la música, la poesía y las
demás artes habían sido prohibidas hacía ya tanto tiempo que incluso pronunciar
esas palabras era un sacrilegio contra el Sistema. Todos guardaron un sepulcral
y significativo silencio para escuchar a C-880. Carlos silbaba al tiempo que
realizaba su labor, y los otros productores se pararon a escuchar su melodía.
Los 100 actuaron rápidamente, le colocaron con los mejores productores de su
rama, con lo cual, si no rendía al mismo nivel entre tanto demoníaco silbido,
C-880 sería detenido por falta de rendimiento, y tendría que dar cuenta de sus
actos. Carlos esbozó una sonrisa ante aquella nueva situación, y comenzó su
nueva labor al tiempo que continuaba ‘modulando el aire’. Los otros productores,
consabidos devotos, quisieron no escuchar en un principio las canciones de
Carlos, y desde la sala de los 100 se vanagloriaban de su momentáneo éxito. Sin
embargo, parecía que al ritmo de las notas musicales, C-880 realizaba su labor
de manera más eficiente que los mejores productores del Sistema. Era como si la
música le diera fuerzas..., era..., no sabían definir la situación, pero se
tornaba insostenible.
El productor
C-880 fue detenido aquella misma mañana, mientras mostraba a otros productores
como se habían de colocar los labios para producir aquellos sonidos tan extraños
que daban fuerza para trabajar. El juicio comenzó tras un confinamiento de 10
días en una sala blanca, sin asientos, sin comodidades, y con una grabación
repitiendo el Código las 24 horas. Aquello acabaría con él, pensaron los 100.
La primera en
declarar fue su madre biológica. M-221, que hasta ese momento solamente le había
visto tres veces en su vida, declaró que en el momento en el que la eligieron
para que concibiera la simiente de T-2077, padre de Carlos, nunca pensó que
éste último fuera a dar problemas y pidió perdón al tribunal. Abandonó la sala
tras ser declarada inocente y reprobó con la mirada a su ‘hijo’. Fueron llamados
otros productores, quienes alegaron que C-880 hablaba cosas extrañas sobre otros
mundos, sobre bosques, animales, ríos,... sobre lugares donde se podía hablar
con mujeres, y correr por las calles.
Toda la
comunidad escuchaba las palabras de los productores mofándose de C-880, ante la
complaciente mirada, ahora si, de los 100 Ojos, que veían como nadie daba
crédito por las ideas de Carlos. La última intervención antes de la de Carlos,
iba a ser la de D-448, su compañero de labor durante los últimos años. David,
como así le llamaba Carlos y cuyo nombre fue prohibido por el tribunal, fue
confinado durante dos días con el mismo régimen que el preso C-880, terapia que
aseguraba a los 100 una declaración favorable.
Su llegada al
tribunal fue melodramática; los ojos hinchados de no haber dormido en su
confinamiento y las ideas del código tan enraizadas que su declaración fue tan
mecánica como resolutiva: C-880 había estado intentando manipular su mente y
reducir sus esfuerzos; en definitiva, estaba tratando de fomentar una
revolución.
C-880 fue
devuelto al trabajo aislado mientras se tomaba una resolución sobre su caso. A
pesar de la magnitud del problema generado por el productor, el Sistema tenía
que dar ejemplo recolocándolo en la cadena de producción y asegurando que el
montante final no se viera perjudicado por un caso aislado.
Carlos fue
emplazado en una sala apartada de la cadena central, y su tarea fue doblada
debido a la perdida ocasionada por los 10 días de reclusión. Un recio encargado
de seguridad vigilaba cada uno de sus movimientos y así transcurrieron los días
hasta que fue llamado a declarar.
De sus
palabras se dedujo que conocía el código y que sabía como moverse en la línea
que lo dejaba muy al borde de lo moral, pero absolutamente dentro del límite
legal, lo cual le permitía un pequeño conclave de intimidad, su cubícula. Al ser
preguntado por aquellos condenados silbidos, la sala entera guardó silencio y
los 100 ojos se centraron más que nunca en los suyos y en su posible
explicación… Carlos se derrumbó sobre sus brazos apoyados en la mesa con la
cabeza tapada entre ellos y la plana mayor del tribunal se sintió victoriosa…
Entonces se volvió a escuchar aquella estridente melodía saliendo de sus labios
y los más pequeños empezaron a sonreír; un agente se acercó arengado por el
tribunal y golpeó a C-880 entre sus labios, como queriendo arreglar una maquina
que ya no sirve.
Era una
vergüenza para los 100. Sabedores de su futura victoria, habían preparado la
sala para que el hundimiento de C-880 fuera retransmitido a todos los panales y
sirviera de ejemplo su vuelta al laborioso redil, y ahora aquella música había
atravesado los altavoces y los oídos de todo el Sistema.
Carlos fue
apartado del grupo la mañana siguiente y su cubícula registrada; tras una
minuciosa labor, se encontraron entre las espumas del colchón unas antiquísimas
hojas de color sepia, roídas por el tiempo y por el uso, impresas en unos
caracteres casi incomprensibles, pero que distaban mucho de ser los usados para
el Código. Entre ellas, se hablaban de castillos, de piratas, de romances, de
viejas leyendas y de prohibidos amores, de viejos locos y de jóvenes
aventureros… de mentiras y calumnias que podrían envenenar el cerebro de un buen
productor, que podían acabar con la vida de alguien como C-880. El denostado
productor, fue arrastrado hacia las puertas externas del recinto, donde le
esperaba la miseria y la inmundicia. Dos agentes le llevaban de los brazos,
debido a que los incontables golpes le habían roto la mayoría de los huesos. De
repente empezó a llover y se le deslizó la sangre que permanecía seca en su
boca; en su último peregrinar por las calles que siempre le vieron feliz, se
topó con varios chicos que le miraban sorprendidos. Unió los labios una vez más
para entonar su melodía hasta que uno de sus captores lo golpeó sin vacilar en
el rostro. La melodía empezó a sonar mientras el otro agente repitió el golpe,
aún mas seco y duro que el anterior, en la boca del estomago; el rítmico son
seguía escuchándose por las pobladas calles y un tercer golpe acertó a dar en la
espalda del joven cuando sus agresores se dieron cuenta de que se había
desmayado, si no muerto por el dolor. Miraron a su alrededor con asombro
mientras continuaban sacando el cuerpo momentáneamente inerte de C-880, cuando
comprobaron que la misma melodía seguía atravesando sus dolidos oídos. Miraron a
su alrededor y vieron como algunos niños juntaban sus labios para intentar
imitar el sonido que escucharon tan nítidamente difundido por el Sistema; los
mayores enseñaban a los pequeños y a cada segundo se volvía a escuchar con más
intensidad. Pronto se mezclaron notas para componer nuevos ritmos y los niños
fueron a enseñar sus proezas a sus padres. En el momento en el que, con las
primeras horas de sol, el trabajador C-880 era expulsado del Sistema, 10
productores no asistieron a su labor por primera vez en los últimos años.
|