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Don Opaco abandona el
dormitorio con expresión triste, que todo cansa, pero no conoce otra vida, se
mira las botas, las botas que sujeta con la mano derecha, se jura que no va a
despertarla, Despacito para no hacer ruido, y también, acto seguido, Qué
demonios, y las deja caer, las botas, que tacto ninguno, que pa qué, y la
seducida que se despierta, Oh, ya te vas, No inmediatamente, cariño, te he
despertado con plena conciencia de que lo haría al dejar caer las botas, Oh, qué
gracioso, por ejemplo, dirá la seducida, que no estamos allí para comprobarlo, y
Don Opaco, No bromeo, te despierto para decirte esto, Me encantó acostarme
contigo, nada del otro mundo, pero me encantó, anda, ahora ya puedes volver a
acostarte, y la seducida ni mú, que el habla en los primeros instantes del
post-sueño permite una frase o dos a lo sumo, y Don Opaco antes de abandonar la
habitación, No volverás a verme, aunque en este punto Don Opaco rectifica,
Quiero decir que ya no volveré a fijarme en ti, que no repite, vamos, una más en
la lista confeccionada para tal fin, otra fémina descartada, que con una vez
basta, Eso es lo más correcto, y la seducida que no articula palabra, que la
cogen así de sopetón, en pelotas, que abre los ojos y no se cree lo que ve, ni
lo que oye, que los ojos, cuando quieren también oyen, y por eso se los frota,
los ojos, a ver si así les llega la señal o, al menos, una señal, y Don Opaco
sonríe, qué detalle, y ella, la seducida, que comienza a despabilarse y recuerda
esa sonrisa y también las luces del local, que pa qué la meten en aquel
berenjenal las amigas, vaya amigas, que desaparecieron, que sí que encontró a
este buen mozo, y se dice Imposible, y luego, entre afirmando y preguntando, Te
golpeaste la cabeza, Siempre estuve chocado, Qué ocurrencia, y la seducida que
no lo aguanta más, que en algún momento tenía que pasar, le arroja algo, que con
la velocidad no sabemos qué es, sin tacto alguno, y Don Opaco se despide, que lo
ha visto en algún telefilme, con un Orvuá,
que se sabe la fonética pero ni puta idea de cómo se escribe, mientras la
ofendida, anteriormente seducida, intenta que su órgano cerebral tome una
decisión inmediata, una frase ocurrente, debido a que el objeto arrojado no
impactó en la cabeza del mozo, con el consiguiente descalabro del mismo, que,
por cierto, se ha marchado, que a esas horas de la mañana cualquiera, y a la
ofendida, definitivamente abandonada, descartada y alucinada, que se le inicia
un tic nervioso en el rostro, Qué mono eso que te hace el labio, las cosas que
se dicen al principio para pillar cacho, pero con el tiempo, si la historia
avanza, ese tic simpático muta en tic monstruoso e insoportable, que la
repetición siempre deteriora, eso ya se sabe, y al que ha dicho Qué mono, le
encantaría borrarlo a guantazos, aunque los tics que importan son los que no se
ven, las condecoraciones del corazón o del alma, qué mas da, ésas que se guardan
o que no se guardan, que a Don Opaco lo mismo le da, que camina tan tranquilo,
que la conciencia no está para muchos trotes, que si se esfuerza un poco lo
mismo se arrepiente, este Don Opaco nuestro que va recitando su modus
operandi, Mirarla a los ojos, runrún, Decirle cosas agradables, sobre su
pelo, los vaqueros, qué ajustaditos, te sientan fenomenal, evitando, en lo
posible, adentrarse en la peligrosa zona gay, por supuesto, Aproximarse a ella
para coger la copa, rozarle el antebrazo, los pelillos que se ponen de pollo,
que se dice en el lenguaje coloquial, Que no te metería yo con la a, Invitarla a
una copa, ruuuuuún, lo típico, y este Don Juan transformado en Don Opaco se
pregunta Por qué no follaré más, un perfecto comercial de la seducción, un
relaciones públicas la mar de apañadito, que qué fácil, dirán, quitar la ele,
que lo púbico es otro cantar, como el del Mío Cid, ése sí que sabía…
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