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Sintió una leve punzada en el
costado y se dijo que aquello era cosa de la aleta dorsal. Y cuando el agua
alcanzaba ya el primer piso, Héctor comprobó que su espalda se había cubierto de
escamas doradas.
Ya en el desayuno su madre le
había advertido que no saliese a la calle. Con la que está cayendo nos van a
salir escamas, dijo. Pero el caso es que con lo de la inundación, sólo le
salieron a Héctor. La madre, subida al ropero, no dejaba de dar órdenes. Hay que
salvar esto o aquello y ella, por supuesto, que no se metía en el agua.
La transformación fue rápida.
Héctor se convirtió en un pez del tamaño de un chico de su edad aquella misma
tarde. Sus hermanos y su padre habían achicado agua toda la mañana hasta quedar
exhaustos. Y que Héctor se estuviese convirtiendo en pez no pareció afectarle a
ninguno. A ver si achicáis más de la cuenta y se nos muere el niño, decía la
madre.
A Héctor lo metieron en la
tinaja cuando vieron que los pies se le caían y en su lugar aparecía una cola
dorada con destellos verdosos. Héctor era un pez bonito. En eso estaban todos de
acuerdo.
Después de la inundación se
dieron más casos. Siempre era el pequeño de varios hermanos quien se
transformaba. Los hijos únicos nunca se vieron afectados, así que las familias
se olvidaron de descendencias numerosas. Sin embargo, hubo familias que tuvieron
más de un hijo. Mejor un hijo pez que nada, decían.
Un día Héctor salto de su
tinaja y pidió que lo llevasen al mar. El agua salada lo mató. O un pez de
verdad, quién sabe.
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