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El hombre permanecía tumbado sobre la cama. No había
apartado la colcha ni retirado los cojines rojos que encontró perfectamente
alineados sobre la almohada al entrar. No se había quitado los zapatos ni los
pantalones, pero sí la americana. Estaba en mangas de camisa, recostado contra
el cabecero de la cama, fumando y calculando el tiempo que tendría que esperar
hasta que le llamaran. Una tenue luz de neón, azulada e intermitente, se colaba
por la ventana entre los listones de la persiana a medio bajar. La habitación se
mantenía en penumbra como si una densa niebla la envolviera. Parecía el lóbrego
decorado cartón-piedra de una película policíaca de serie B. El hombre de la
cama sufría de insomnio. Dormía un poco al amanecer y luego nada. Había llegado
a acostumbrarse a esta vigilia permanente. Al principio intentó llenar el vacío
con la lectura y el juego, pero a su mujer no le parecía bien que anduviera toda
la noche con la luz encendida, aunque sólo fuera la de una pequeña lámpara y en
el salón. Ahora que su mujer no estaba con él, desechaba la lectura y el juego y
prefería tumbarse en la cama, así como estaba ahora, y dejar que las horas
pasaran perezosamente. Haga lo que haga no me dormiré, se dijo un día. Había
sabido de un caso, en Rusia, donde un tipo aseguraba que no dormía nada.
Insomnio crónico, decía el titular. El pobre se pasaba la noche haciendo deporte
y estudiando. Parece ser que ya tenía dos o tres carreras finalizadas e iba a
por la cuarta, Derecho o Economía, no recordaba bien. Él no podría, pensó
entonces. La gimnasia nunca le atrajo demasiado. ¿Qué necesidad tenía él de
andar corriendo o levantando pesas? Si al menos hubiera una justificación
razonable. ¿La salud? Nadie sabía qué era eso. Su abuela, según contaba su
madre, llegó a pesar más de cien kilos, y si no se hubiese atragantado con un
hueso de aceituna, bien hubiera sobrepasado los noventa años como una rosa. Y
del estudio, para qué hablar. Cuando se dio cuenta de que aquello de las
carreras universitarias no era otra cosa que una vulgar transacción económica
(matrículas, exámenes, títulos) lo dejó. Terminó de fumar el cigarrillo y lo
apagó en el cenicero que estaba junto a él, encima de la cama. Se inclinó
después hacia su derecha y cogió otro del paquete. Volvió a su posición
anterior. Desde donde estaba tumbado podía ver la luz del pasillo que se
filtraba como una delgada hoja de plata bajo la puerta de su habitación. También
si alguien se acercaba. Sólo tenía que vigilar esa puerta y esperar una llamada.
Nada más le dijeron. Él no preguntó cuándo. Sabía que era inútil, no se lo
dirían. Estate atento. Nosotros te llamaremos. Esperar y vigilar, eso se le daba
bien. E inventar historias.
El hombre de la cama estaba solo en la habitación del
hotel. Había llegado temprano a la ciudad, pero no había visto nada de ella. Se
dirigió directamente al hotel donde tenía una habitación reservada a un nombre,
por supuesto, falso. Después pidió que le subieran un par de sandwiches de
salami y una cerveza. El hombre tenía pagada la habitación por una semana,
aunque nunca tuvo que esperar más de dos o tres días la llamada. Su peor
experiencia la tuvo en un hotel de Kuala Lumpur, sin aire acondicionado ni hielo
para la bebida. Nada que ver con este hotel. Allí tardaron tres días en llamar y
tuvo problemas con el paquete. Pero eso sucedió al principio, cuando era joven e
inexperto. Ahora todo era diferente, pasaba los cuarenta y el trabajo le
resultaba rutinario, habitual, e incluso, poco divertido. Esperar la llamada,
recibir el mensaje, OK, cumplir órdenes. Sin dilemas morales, sin
remordimientos, como un político o un banquero.
El hombre tumbado en la cama se disponía a pasar una noche
más despierto, fumando e inventando historias. Compró un cartón de tabaco en la
estación del tren. De la habitación no podía ausentarse ni llamar al servicio de
habitaciones de madrugada si el tabaco se acababa. Echó un vistazo displicente a
la habitación en penumbra. Una mesilla de noche a su lado. Sobre ésta, el
teléfono de disco y una pequeña lámpara sin pantalla. Un armario desvencijado y
una silla de tijera metálica donde dejó la americana. Un par de cuadros de
caballos purasangre. Y en una puerta al fondo, semiabierta, se intuía un baño
frente a la ventana de la habitación, con un plato de ducha, un lavabo y un
inodoro con la tapa de plástico rajada. Sencillo, sobrio y gris; similar al
resto de habitaciones que había ocupado. No querían que sus empleados dieran una
imagen opulenta, y lo conseguían. El hombre de la cama se divertía inventando
historias y, sobre todo, fantaseando con la suya. A veces se imaginaba como un
vendedor de seguros atormentado por el desamor de una mujer casada. Otras, como
un escritor frustrado y sin éxito. Y a menudo, se veía como un detective privado
o un asesino a sueldo hastiado de tanta sangre derrochada. Sonreía pensando en
cada una de estas posibilidades. Jugaba a ser una de las personas con las que se
había cruzado en el andén o en el vestíbulo del hotel, e imaginaba el papel que
le habrían asignado esta vez. Una forma como otra cualquiera de matar el tiempo.
Algunas noches, las menos, al hombre tumbado en la cama le
venían a la memoria recuerdos lejanos. Recuerdos que más tarde, pasados por el
tamiz de la vigilia o por el del fatigoso y leve sueño del amanecer, no sabría
decir si eran tal y como él los evocaba o acaso su imaginación los habría
deformado a su antojo. Fija la mirada en el cielorraso de la habitación,
mientras de su boca ascendían volutas de humo blanco, el hombre, inopinadamente,
perfiló un rostro, una sombra, entre la densa niebla y las volutas de humo. En
otro tiempo esa imagen lo atormentó. Hasta esa noche la creía olvidada. La
historia, como tal, sucedió en París, a finales de octubre, aunque más tarde,
por algunos periódicos, el hombre supo que también se dieron casos similares en
Londres, Lisboa o Nueva York. Él esperaba en un pequeño hotel del bulevar Saint
Michel a que sonara el teléfono. La llamada se produjo a las nueve de la mañana
del día siguiente. Tenía que comprar Le Figaro y sentarse a leerlo, o parecer
que lo leía, frente a la fuente de Médicis en el jardín de Luxemburgo. No le
dijeron nada más. El hombre supuso que, como en otras ocasiones, alguien
contactaría con él. Compró el periódico en un quiosco cercano al hotel, cruzó el
bulevar y se dirigió hasta la plaza de Edmond Rostand por donde accedió al
parque. Una vez allí, al hombre no le fue difícil localizar la fuente. Se sentó
en una esas sillas de hierro que abundan por los parques y jardines de París
justo enfrente de la fuente de Médicis, como le ordenaron, y se dispuso a hojear
el periódico. Las nubes del día anterior habían desaparecido y la temperatura
era agradable. Cuando se aburrió, o comprendió que su nivel de francés seguía
siendo mediocre, se distrajo observando a los pájaros que revoloteaban entre las
plantas y las verdes rejas que cercaban el estanque, frente a la fuente. El
hombre era un gran aficionado a la ornitología, y hubiera observado no sólo a un
pico menor o a un reyezuelo listado sobre las ramas desnudas de los plátanos,
hubiera observado a muchos más pájaros si no hubiera sido interrumpido en su
estudio por una pregunta: ¿Señor, podría hacerme usted una fotografía? Se lo
pedía una mujer joven. Extremadamente delgada, el pelo corto y plateado recogido
bajo un amplio sombrero de paja. La nariz pequeña y cubierta de pecas. Los ojos
verdes, risueños. Vestía, de forma inusual, un vestido blanco cargado de
volantes plisados, lazos y encajes. Parecía provenir de otra época, o al menos
eso pensó el hombre cuando la vio. Cómo no, le dijo él. Ella se colocó de
espaldas a la fuente y el hombre tomó la cámara. En un principio creyó que el
objetivo estaba sucio o rayado, o que él miraba incorrectamente por el aparato,
porque al observarla podía enmarcar la fuente, el estanque delante de ésta, la
verja verde y los arbustos, pero no a ella. Por una extraña razón que el hombre
no entendía, a través de la cámara fotográfica la mujer no aparecía. Después de
breves intentos, el hombre desistió. Deseando no resultar descortés u ofensivo,
el hombre le dijo a la mujer joven que lo sentía, que creía que la cámara estaba
estropeada. La mujer joven, en lugar de contrariada, se mostró triste. Le
musitó, no se preocupe, no es la primera vez que me sucede. Y la vio perderse
por un sendero cercano sin decir nada. El contacto tardó un par de horas en
llegar. Durante éstas, el hombre siguió la pista a una urraca que se construía
el nido en lo alto de un castaño. No fue hasta meses después que recordó a la
mujer. Hojeando las noticias de un periódico local, en la sección de sucesos, le
llamaron la atención un titular y unas líneas. La noticia, escuetamente, decía
que varios individuos de Londres, Lisboa o Nueva York aseguraban haberse
encontrado con una mujer joven (de idéntica descripción) mientras paseaban por
el parque y que ésta les había pedido que le hicieran una fotografía. En todos
los casos, los individuos relataban que les había sido imposible realizar la
foto, pues cuando lo intentaban, ella desaparecía del objetivo. Se habló de una
alucinación colectiva o de la presencia del fantasma de una turista vagando por
los parques de las ciudades que visitó. El hombre tumbado en la cama no sabía
por qué pensaba en ella ahora. Quizá porque se encontraba solo, era su
cumpleaños y estaba cansado. En todo caso creyó tener olvidado ese rostro, esa
sombra. Pobres, murmuró al rememorar la noticia. Él fue de los pocos, o el único
tal vez, que supo de la verdadera historia cuando años después, en el Retiro de
Madrid, se la encontró de nuevo. Pero como le sucedía a menudo, no sabría decir
con certeza si aquello que le contó era cierto o no. O si el encuentro sucedió
de veras o se lo había imaginado, para pasar el rato, una noche más de insomnio.
Horas más tarde, en la habitación sonó el teléfono. Lo dejó
sonar un par de veces. Apagó el cigarrillo en el cenicero que tenía junto a la
colcha y al incorporarse percibió una sombra que velaba fugazmente la luz del
pasillo. El teléfono seguía sonando mientras la sombra, ahora nítida e
inconfundible bajo la puerta de la habitación, esperaba una señal. El hombre que
no podía dormir sabía que si descolgaba el teléfono, estaba perdido. |