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Cuando
llovía los martes por la mañana mi abuelo salía desnudo al patio y orinaba en
los arriates. Si no llovía, el martes era también el día que Katia nos preparaba
el desayuno. Katia nos traía pan tostado, mantequilla, mermelada y zumo de
muchas frutas. Pero el abuelo nunca probaba el zumo.
El zumo sabe
a pis, decía. Y Katia decía que era bueno para los riñones, que limpiaba por
dentro y muchas cosas más.
Digo que mi
abuelo se desnudaba los martes de lluvia y echaba una buena meada. Pero Katia no
estaba allí para verlo. Porque llovía. Que mi abuelo sí que meaba. Y Katia no le
hubiera dado tanto la lata con lo del zumo.
―A ver,
abuelo, tómese esto que le viene estupendo.
Y mi abuelo
que no y que no. Y le decía a Katia que iba a durar cuarenta años más.
Cuando
llovía los martes por la mañana a mi abuelo le entraban unas ganas horrorosas de
mear. Pero Katia no estaba allí para verlo. Para mi abuelo hacer aquello era su
forma de decirnos a mí y a Katia que viviría para siempre.
Pero un
martes que llovió todo el día mi abuelo no bajó al patio para mear sobre los
arriates. Yo se le pregunté:
—Abuelo,
¿hoy no vas al patio?
Me dijo que
le dolían los riñones. Entonces me acordé del zumo de Katia.
Cuando Katia
abrió la puerta y le dejó una bandeja con el zumo miré a mi abuelo. Se lo estaba
bebiendo, despacio.
—No está tan
malo.
Entonces bajé a la cocina
y le dije a Katia que yo también quería probar el zumo.
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