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Tumbada en la cama espero a
que salgas del baño. Te has puesto un pijama para dormir. No me puedo creer que
quieras dormir ahora. Salgo a la terraza y miro el cielo. El cielo es una mancha
de petróleo inmensa.
Me sirvo un gin tonic y me
tumbo en el sofá del salón. Busco un canal de videos musicales. Cierro los ojos.
Me despierto con la sensación
de haber dormido mucho tiempo. Me levanto y miro el reloj de la cocina. Las dos
de la madrugada. Abro la puerta de la habitación lo justo para asomarme y ver si
duermes. Luego me acuesto con cuidado.
Cuando abro los ojos ya te has
ido.
Leo una nota en el bloc del
escritorio. Escribes que hoy no vendrás a cenar. Que me acueste. Que no te
espere.
Yo pienso que haré lo que me dé
la gana.
Me siento en la terraza. Oigo
el motor del frigorífico. Oigo el cosquilleo de mis tripas. Sí, estoy a punto de
decirme que esto se acabó.
El técnico me dice que debería
descongelar la nevera más a menudo. No sabía que hubiera que hacer eso, le
comento. Por eso lo del ruido, dice él. Ah, digo yo.
Invito al hombre a una cerveza.
Miramos los ladrillos de la fachada. Me señala una imperfección en el muro. Yo
no le doy la menor importancia. Por supuesto no voy a discutir con él.
Has llegado. Me plantas un beso
en la mejilla. Te quitas los zapatos. Me preguntas qué tal mi día. Bastante
bien, te digo, he llamado a un técnico para que arreglase el ruido de la nevera.
Me preguntas que a qué ruido me refiero. El de la nevera, te digo. No sabía que
le pasase algo, me dices. Lo cierto es que no le pasaba nada, te explico. Me
preguntas si me ha cobrado por nada.
Se ha hecho de noche. Estás
mirando la televisión. Tienes los pies sobre la mesita. Bebes una cerveza con
calma. Cambias de canal una y otra vez. Un paraíso por sólo 200 euros al mes…
Esto puede ser suyo… Con la confianza de un gran fabricante de… Dijiste que me
querías. Y te quiero. Bésame… Aislantes para toda la casa, oferta válida hasta…
Apagas la televisión. Dices que vas a acostarte en el sofá.
Me dirijo hacia la habitación y
me acuesto en nuestra cama. Miro el techo. Al poco rato me dices que vaya.
Estamos en el salón. Me
dices:
¾Tenemos
que hacerlo los dos. Confiar el uno en el otro. Seguro que podemos.
Te miro. Tienes las manos en
los bolsillos y sigues hablando. Y ahí está otra vez. El maldito ruidito de la
nevera. Oigo también tu respiración pero no consigo concentrarme en ninguno de
mis propios ruidos. De veras que lo intento. Pero nada. El ruido sigue ahí.
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