| |
Me acuerdo de la risa que nos dio, que no se pasa, que no
se olvida, la risa que nos dio, madre mía. Porque lo del Turco había tenido su
no se qué. Sobre todo por la forma en que entornó los ojos después de aquello. Y
la decisión de establecerse por su cuenta era ya el colmo. Es que vosotros no
entendéis. Pero qué cojones vamos a entender, Turco. La cosa no estaba para
menos. El Turco se marchaba de nuestra casa, nos dejaba tirados, al principio
nos pareció muy gracioso, pero, luego, pensando un poco, vaya putada, Turco. Tú
le llamaste neurótico sin saber muy bien por qué y acto seguido le lanzaste la
vinagrera de diseño exclusivo. Qué guasita tiene la niña. Yo corroboré que era
cierto lo de la niña y su pelotera, pero no me negarás que no es ni medio normal
lo tuyo, Turco. Y el Turco va y entorna los ojos y le digo que de nada le va a
servir. Qué egoístas que sois. Que no, turco, que nos da pena que te marches. Y
un huevo. El Turco tenía razón, pero no íbamos a soltárselo así. Mira, Turco,
nos jode que te marches porque nos dejas sin lavadora, sin la cafetera capuchino
express, sin el tocadiscos, que a ver cómo se lo decimos a la Carmen, y que todo
es hablarlo, tú qué dices. Pero, claro, el Turco no dice nada porque yo no he
abierto la boca. Así que lo que le digo es otra cosa. Turco, tú y yo nos
conocemos desde hace cuánto, ocho años por lo menos, cómo pasa el tiempo, Turco,
la de movidas en las que hemos estado, mira que éramos golfos, y qué es esto de
que te marchas, si es por la Carmen yo le digo que se pire y ya está, asunto
resuelto, que a la Carmen no le hace gracia, pues a mamarla, tonterías las
precisas, qué me dices, Turco. Y el Turco que no dice nada, que se sienta y nos
mira. Eso hace, mirarnos. Venga, Turco, dinos algo, la Carmen siempre tan
oportuna. El Turco ni pío. Así que me siento y le digo a la Carmen que haga lo
mismo. Y por qué me voy a tener que sentar. Porque así estaremos más cómodos los
tres, que el Turco lo mismo no habla hasta dentro de una hora. Pues que le den.
Carmen, siéntate, hazme el favor. Pero la Carmen no se sienta, cruza los brazos
y espera. Así hemos estado un cuarto de hora, hasta que el Turco se ha levantado
y ha dicho que se estaba meando. La Carmen y yo nos hemos mirado sin saber qué
decir, que aunque dormimos juntos no hemos conseguido nunca leernos los
pensamientos. Luego el Turco ha vuelto y se ha sentado en la misma postura, como
si no se hubiese movido nunca. Y así hemos estado otro cuarto de hora. La Carmen
se ha mirado las uñas y luego se ha puesto a cantar bajito una canción en
inglés. Al principio nos ha costado un poco reconocerla, pero cómo olvidar el
estribillo.
Ahora el Turco está fregando los cacharros y sigue sin
decirnos una palabra. Yo me he acostado porque mañana no hay quién me levante si
no. La Carmen se ha puesto unos discos de Eladio Martín y se ha echado en el
sofá. Seguro que se duerme antes de oír aquello de aceite y vinagre a partes
iguales.
Yo creo que mañana el Turco no nos dejará el café hecho. Y
tampoco nos vamos a enfadar por esa tontería.
|