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Se quedó mirando la vaca toda
la tarde. Luego se puso en camino. Le dijeron ándate con ojo que la vaca es
lista.
Juan no tenía prisa. Divisó la
casa muy lejos pero no estaba preocupado. Seguro que llegaría de noche.
Llegó. Era de noche.
Llamó a la puerta y esperó.
Llamó de nuevo.
Se dijo que se habrían marchado
sin él.
¡Cago en Dios!
Juan rodeó la casa. La puerta
de servicio estaba cerrada. Cogió una piedra.
Ya dentro no encontró a quien
buscaba. Paco estaba sentado en una hamaca.
—Esa vaca es del tío Lorenzo,
¿oyes?
—Oigo muy bien.
—Pues ya te puedes ir dando
prisa en dejarla donde la cogiste.
—¿Y dónde supones que la cogí?
—No supongo nada. La cogiste.
—Tú estás chalado.
—Lo vi.
—¿Y por qué no dijiste nada?
—Te dejé que la tuvieras.
Quiero ver cómo agachas la cabeza ante el tío Lorenzo.
—La cogí porque ella me lo
pidió.
—No la metas en esto.
—Lo habíamos planeado juntos.
—Estás mintiendo.
—Puedo probarlo.
—Ja.
—Me creerás ahora. Lo dice bien
claro en este papel. La vaca y el burro se quedarán en casa de Eusebio.
—No tiene validez.
—Porque lo dices tú.
—Porque lo digo yo.
Juan se sentó también. Buena
caminata se había pegado. Paco le agarró de la mano.
—Mira, Juan, a mí me da igual
lo que diga ese papel. La vaca no es de Eusebio.
—No, Paco, la vaca se queda
donde está.
Esperaron a que llegara el tío
Lorenzo. El tío Lorenzo no se andaría con chiquitas. Lo que pusiera ese papel no
le detendría.
El tío Lorenzo llegó. Eran más
de las dos. Juan dormía en la hamaca con las manos en cruz. Paco le dio un
empujón.
—Tío Lorenzo, la vaca es de
Eusebio. Mira.
Le enseñó el papel.
—Te coges el papel y te lo
guardas en el culo, mamarracho.
—Sólo quiero que lo sepa. Ahora
me voy.
—Tú no te vas hasta que yo
hable.
Juan estaba cogiendo su
sombrero cuando le llegó la primera bofetada. Oía que Paco gritaba:
—¡Déjalo, que lo vas a matar!
Pero el tío Lorenzo le seguía
pegando. Juan empezaba a no sentir nada. Se iba, se iba.
Y antes de irse para siempre lo
dijo.
Que la vaca era de
Eusebio.
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